Aquellas excusas, aquellas forzadas frases de cariño, aquellas mentiras con que se pretendía paliar la infame deserción, las presentía Martina desde una hora antes. Y los motivos de la repentina marcha, bien sabía Martina que no eran los que fingía la carta, sino otros, que no podían decirse, pero que explicaban á la vez el viaje y la continua tristeza, invencible, misteriosa, de su futuro... Llamábale otra vez el abismo; resucitaba lo que sin duda no había muerto. Martina cayó desplomada en el sofá: no lloraba: gemía bajito, como quien reprime la queja de mortal dolor. Sin embargo, la misma violencia del golpe; la indignación,—mil sentimientos confusos,—la impulsaron á levantarse, tomar un fósforo, pegar fuego á la carta, abrir la ventana y echar á volar las cenizas, cual si temiera que la delatasen. Buscando luego á sus padres, les declaró con voz firme y serena que había renunciado, por su gusto y deliberadamente, á casarse con Lorenzo Mendoza, al cual no volverían á ver más, porque salía aquella noche en el tren correo hacia Madrid.

Poseían los padres de Martina una casa de campo no muy distante de la ciudad, y en ella se ocultaron con su hija, para dejar disiparse la primer polvareda de la deshecha boda. Allí pasaron el invierno; Martina parecía contenta. La hablaron de viajes á la corte, al extranjero: rechazó la idea con disgusto. Vino la primavera y ya no pensaron en dejar la residencia campestre. Al acercarse el otro invierno preguntaron á Martina, y pidió, por favor, encarecidamente, un año más de soledad. La misma escena se repitió al siguiente; los padres empezaban á impacientarse: les parecía que ya era hora de que su hija volviese al mundo y se le buscase otro novio formal y auténtico, que borrase de su memoria lo pasado. Mas en esto aconteció que enfermaron los viejos, y con distancia de pocos días sé los llevó al sepulcro, al padre una fiebre reumática, y á la madre un inveterado padecimiento del corazón. Martina, sola ya, de luto riguroso, negóse á recibir pésames, á admitir consuelos de amigas, y se encerró más que nunca entre las paredes de su tapia, y entre los árboles de su solitaria finca. Corrió algún tiempo. En Marineda ya apenas se hablaba de Martina. Los más la creían maniática. No la trataba nadie.

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Una tarde golpeó el aldabón de la portalada un jinete, que regía un caballejo castaño. El hortelano salió á abrir, y contestó la frase sacramental: la señora no estaba, y además no acostumbraba admitir visitas.

—Dígale usted—objetó el jinete apeándose—¡que es D. Lorenzo Mendoza!... Puede ser que entonces...

A los diez minutos volvía el hortelano con respuesta negativa, terminante. Mendoza bajó la cabeza é hizo ademán de volver á montar. De pronto, como si variase de parecer y obedeciese á una inspiración súbita, arrollando al hortelano, cruzó la puerta, se metió patio adentro, subió una escalera exterior tapizada de madreselvas, que daba acceso á la casa, y entró en una sala obscura, de vidrieras entornadas, silenciosa. Oyó un grito de mujer; fué derecho á donde sonaba y estrechó á Martina en los brazos. No hubo palabras: todo se expresó con halagos, inarticulados sones, caricias insensatas por parte de él, primero rechazadas débilmente y pagadas luego. Después vinieron las excusas, los ruegos, las explicaciones que Mendoza dió casi de rodillas, y ella oyó trémula, desfallecida, reclinada la cabeza en el hombro del suplicante. Y siguieron las promesas, los juramentos, las protestas de enmienda y lealtad, los plazos de ventura que Mendoza desarrollaba risueño, enclavijando sus dedos en los de Martina, que no oponían resistencia. La noche caía; la luna llena se alzaba blanca y apacible; las madreselvas exhalaban su balsámico aroma. Los antiguos novios eran ya amantes; la primavera se trocaba en estío; y el enajenado Mendoza no echó de ver que Martina, en medio de su delirio, á veces gemía muy bajo, como quien reprime la queja de mortal dolor—como había gemido años antes al recibir la carta de despedida.

A la mañana siguiente, cuando despertó Mendoza, no vió á Martina: la llamó á voces, y no contestó nadie. Por fin acudieron los criados; sabían que su ama se había marchado tempranito, pero ignoraban adonde...

En Marineda se supo sin asombro, á la semana siguiente, que Martina vivía reclusa, como señora de piso, en un convento de Compostela. Lo que nunca se divulgó fué que hubiese adoptado tal resolución por evitar el sonrojo de sentirse morir de felicidad cerca de aquél que un día la engañó y vendió.