—¿Me permites que te cuente un cuento oriental? Me lo refirieron allá en Rusia, donde he cantado hace dos inviernos, y donde tienen muchas ganas de que vuelva una temporadita.
Pasándose la mano por la frente como para espantar una pesadilla, Vicente hizo con la cabeza señal de que estaba dispuesto á oir.
—Parece—empezó Laura—que hubo en Rusia, no sé en qué siglo, un Rey muy malo y feroz, á quien le pusieron por sus desafueros y tiranías el sobrenombre de Iván el Terrible. Aunque con Dios no debía de estar muy á bien, el caso es que se le ocurrió construir una catedral magnífica, dedicada á un santo que allí le llaman Vassili Blagennoi, lo cual significa el Bienaventurado Basilio...
—¿Y qué tiene que ver...?—murmuró Vicente, no sin impaciencia.
—¡Aguarda, aguarda...! El Rey buscó mucho tiempo arquitecto capaz de comprender toda la suntuosidad y grandeza que él deseaba para la catedral, hasta que por fin se presentó uno con un plano asombroso, que dejó al Rey encantado. Elevóse el templo, y fué pasmo y admiración de todos; y el Rey, contentísimo, colmó de regalos y de honores y distinciones al arquitecto.—Un día, terminadas las obras, le llamó á palacio y le preguntó si se creía capaz de erigir otro templo tan magnífico y sorprendente como aquél. El arquitecto, lisonjeado, respondió que sí, y que hasta esperaba idear nuevo edificio que superase al primero en belleza y esplendor. Entonces el bárbaro del Rey, sirviéndose del agudo chuzo de hierro que llevaba siempre á la cintura, le vació al pobre arquitecto los dos ojos uno tras otro, á fin de que jamás pudiese construir para nadie un templo...
Laura calló, y Vicente Zegrí, que acababa de comprender la moraleja del apólogo, la miró con una especie de estravío. Ligera espuma asomó al canto de su boca, y por sus venas serpeó el frío sutil del aura epiléptica, que incita al crimen. Dominándose con esfuerzo supremo se incorporó, dispuesto á marcharse, y articuló pausadamente mientras recogía su airosa capa española:
—Ese Rey hizo mal. Sacar los ojos es acción propia de un verdugo. Si quería inutilizar al arquitecto, debió matarle.
Diciendo así, con súbito impulso se acercó Vicente á Laura, la rodeó con los brazos, y tan violentamente la apretó, de tan insensato modo, incrustándole tan reciamente los dedos en las costillas, que la artista exhaló un grito de miedo, un chillido que salía del fondo de su ser, de esos que sólo dicta el instinto de conservación, el horror á la nada y al sepulcro. Al oir el grito, Vicente la soltó, embozóse en su capa y salió tropezando con las paredes.
Pasóse lo que faltaba hasta el amanecer vagando por las calles, en un estado tan horrible, que dos ó tres veces se recostó en una puerta para llorar. El día que siguió á aquella noche no fue menos cruel. Escribió á Laura cien cartas, que desgarraba después con furia; adoptó y desechó mil planes contradictorios; pensó en echarse de rodillas, en suicidarse, en abrasar el barrio, en secuestrar á su amada á viva fuerza, y, por último, la idea de la muerte fué la que se esculpió en su espíritu con relieve poderoso. Su alma pedía sangre, hierro y fuego, violencia, destrozo y aniquilamiento; el instinto anárquico que tantas veces acompaña al amor, se alzaba rugiente y desatado como racha de huracán. Ya ni siquiera intentaba Vicente recobrar la razón, la cordura y el aplomo: las imágenes suscitadas por los celos, Laura atrayendo á sí los ojos de tantos hombres, que se recreaban en sus gracias y picardías, que bebían su voz, que la admiraban con el cabello suelto, eran flechas de llama que le desatinaban, como al toro la ardiente banderilla. Ni aun creía amar á Laura: la consideraba una enemiga mortal. Figurábase por momentos que la odiaba con toda su voluntad iracunda, y este odio clamaba por saciarse y gozarse en la destrucción.
Llegada la hora de ir al teatro, donde cantaba Laura una de las operetas en que estaba más linda y recogía más aplausos, Vicente, resuelto, algo aliviado por la decisión fiera, concreta, irrevocable, se echó al bolsillo el revólver. Si sufría demasiado... allí tenía el remedio. Ya habían alzado el telón, pero no aparecía Laura; y Vicente, abstraído en su frenesí, hubo de notar por fin que la gente profería exclamaciones de descontento y que la función no era la anunciada, la que Laura debía representar. Alarmado, antes de terminarse el acto dejó su asiento, corrió á informarse entre bastidores... Aquella mañana misma, la cantante había rescindido su contrata perdiendo lo que quiso el empresario, y partido en dirección á San Petersburgo.