A secreto agravio...
AQUELLA tienda de ultramarinos de la calle Mayor regocijaba los ojos y era orgullo de los moradores de la ciudad, quienes, después de mostrar á los forasteros sus dos o tres monumentos románicos y sus Docks, no dejaban de añadir: «Fíjese usted en el establecimiento de Riopardo, que compite con los mejores del extranjero.»
Y competía. Los amplios vidrios; los escaparates de blanco mármol; las relucientes balanzas; los grifos de dorado latón; el artesonado techo; las banquetas forradas de rico terciopelo verde de Utrecht; las brillantes latas de conservas formando pirámides; las piñas y plátanos maduros en trofeo; las baterías de botellas de licor, de formas raras y charoladas etiquetas, todo alumbrado por racimos de bombillas eléctricas, hacían del establecimiento un suntuoso palacio de la golosina. Así como en Madrid salen las señoras á revolver trapos, en la apacible capital de provincia salían «á ver qué tiene Riopardo de nuevo.» Riopardo sustituía al teatro y á otros goces de la civilización; y los turrones y los quesos y los higos de Esmirna eran el pecadillo dulce de las pacíficas amas de casa y sus sedentarios maridos, por lo cual no faltaban censores mal humorados y flatulentos que acusasen á Riopardo de haber corrompido las costumbres y trocado la patriarcal sencillez de las comidas en fausto babilónico...
Entretanto, el establecimiento medraba, y Riopardo, moreno, afeitado, lucio, adquiría ese aplomo que acompaña á la prosperidad. Los negocios iban como una seda, y esperaba morir capitalista, á semejanza de otros negociantes de la misma plaza que habían tenido comienzos más humildes aún... Hoy convenía trabajar, aprovechando el vigor de los treinta años y la salud férrea. De día, desde las seis de la mañana, al pie del cañón, haciendo limpiar y asear, pesando, despachando, cobrando; de noche, compulsando registros, copiando facturas, contestando cartas... y así, sin descanso ni más intervalo que el de algún corto viaje á Barcelona y Madrid.
De uno de éstos volvió casado Riopardo; su mujer, linda muchacha, hija de un perfumista, apareció en la tienda desde el primer día, ayudando en el despacho á su marido y al dependiente. La cara juvenil y la fina habla castellana de María fueron otro aliciente más para la clientela. Sin ser activa ni laboriosa como su esposo, María era zalamera y solícita y daba gozo verla, bien ceñida de corsé, muy fosca de peinado, cortar con su blanca manecita de afilados dedos una rebanada de Gruyère ó una serie de rajas de salchichón, sutiles como hostias, pesarlas pulcramente y envolverlas en papeles de seda atados con cinta azul. La tienda sonreía, animada por el revuelo de unas faldas ligeras, y nadie como María para aplacar á una parroquiana descontenta, para halagar á un parroquiano exigente, para regalar un cromo á un niño ó deslizar un puñado de dátiles en el delantal de una cocinera gruñona...
El ejemplo de María, su atractivo, su complacencia, habían influído en el dependiente Germán. Mientras estuvo solo con Riopardo, Germán era hosco, indiferente y torpe; no se mudaba, no se rasuraba. María le arregló el cuarto—porque Germán vivía con sus patrones en el piso principal—le surtió de buen lavabo, de toallas; le repasó la ropa blanca y le compró cuellos y puños, con lo cual el dependiente sacó á luz su figura adamada, su rubio pelo rizado con gracia sobre la sien, y las criadas y las mismas señoras compraron de mejor gana en el establecimiento, que al fin las cosas de comer gusta recibirlas de gente aseada, moza y no fea... «También se come con la vista», solían decir.
Una tarde, casi anochecido, Riopardo, volviendo de arreglar asuntos urgentes en la Aduana, prefirió entrar en su casa por la puerta trasera, que caía á la Marina, ahorrándose así diez minutos de callejeo inútil, pues era, á fuer de hombre de acción, avaro de tiempo. Tenía en el bolsillo el llavín: abrió, salvó un pasadizo, y empujó la puerta del almacén, que cedió sin rechinar. El almacén, atestado de latas de petróleo, bocoyes de aguardiente y aceite, y sacas de arroz y harina, estaba á obscuras, y allá á su extremidad, Riopardo creyó percibir un cuchicheo ahogado y suave. Se detuvo, resguardado por una gran barrica, y miró. Al pronto no se ve nada, viniendo de fuera, cuando la luz es poca; pero á los tres minutos, la vista se acostumbra, y algo se percibe. Riopardo logró distinguir dos personas. De pronto, una de ellas, Germán, dijo en alta voz: «Está alguien en la tienda.» Y el modo de separarse, brusco, azorado, fué más inequívoco aún que la proximidad de los dos bultos...
Retrocedió Riopardo: salió por donde había entrado, y sin cuidarse ya de economizar tiempo penetró por la tienda en su casa. Cerróse ésta á la hora habitual; cenaron los tres, marido, mujer y dependiente, y se recogieron en paz á sus respectivos dormitorios los dos últimos. Riopardo volvió á bajar: era el momento de repasar cuentas y manejar libros. Llevaba su linterna sorda que le servía para registrar el almacén, en previsión de un incendio; y ya dentro del vasto recinto, empezó por atrancar la puerta que daba al pasadizo, y probar los cerrojos de la que con la tienda comunicaba.