Después, entregóse á una faena extraña: abrió un centenar de latas de petróleo y las inclinó para que el mineral corriese por el suelo; en seguida, ensopando una gran escoba en los charcos que se formaban, barnizó bien un punto determinado del techo, rociándolo de continuo con hisopazos fuertes. De un rincón trajo brazados de paja, papeles y astillas—residuos de los embalajes de las botellas—y los hacinó hasta formar una pirámide, que con ayuda de una escalera subió á la altura de las vigas del techo, en el mismo punto en que las había untado de petróleo. Hecho esto, siguió destapando latas y dió la vuelta al grifo de un inmenso barril de alcohol. El trajín había sido largo; Riopardo sentía que un sudor helado brotaba de sus cabellos. Descansó un instante y miró el reloj: era la una menos cuarto. Entonces se descalzó, abrió la puerta exterior dejándola arrimada, subió furtivamente la escalera y no paró hasta su alcoba. María dormía ó aparentaba dormir serenamente. La alcoba no tenía ventana. Riopardo, con maravilloso silencio, colocó delante de la vidriera sillas, butacas, ropas, un cofre, cuantos objetos pudo trasladar sin hacer ruido.

Retiróse, y al salir echó por fuera cerrojo y llave á la puerta del gabinete que comunicaba con la alcoba. Descendió otra vez á la tienda, metióse en el almacén, raspó un fósforo, encendió una mecha corta y la aplicó al suelo encharcado de aceite mineral. La llamarada súbita que se alzó le chamuscó pestañas y cabello. Sólo tuvo tiempo de huir á la tienda. El almacén no tardaría tres minutos en ser un brasero enorme.

El marido, con flema, se calzó, se limpió las manos y subió pisando recio. Golpeó á la puerta del dormitorio de Germán, que salió medio desnudo, despavorido. «Creo que hay fuego... Huele á humo... Baje usted... ¡No, antes de pedir socorro hay que cerciorarse!» Germán se precipitó sin más ropa que unos pantalones vestidos á escape y babuchas. Mal despierto aún del primer sueño de los veinte años, casi no comprendía lo que pasaba. Le precedía, Riopardo con la indispensable linterna.

Tienda y portal estaban ya llenos de un humo acre, asfixiante. «Pase usted, mire á ver dónde es...» Titubeaba el dependiente, ciego y atónito; Riopardo le empujó, le precipitó, ya sin disimular, dentro del horno, y aún tuvo fuerzas para correr los cerrojos y huir, saliendo al portal y á la calle. En ella respiró con delicia, cerciorándose de que por allí no andaba el sereno, ni pasaba nadie, y probablemente sucedería lo mismo durante el cuarto de hora necesario...

Sin embargo, á los diez minutos el humo era tal que, temeroso de ver abrirse ventanas y oir voces de socorro, el mismo Riopardo gritó. Al llegar los primeros auxilios, la casa, sobre todo el bajo y principal, no formaban más que una hoguera. Se atendió á aislar las casas vecinas y á salvar con escalas á los inquilinos del segundo y tercero. La fatalidad—observaron las gentes—quiso que el fuego se iniciase en la parte del almacén que correspondía con el dormitorio de la esposa de Riopardo, la cual, asfixiada por el humo, ni pudo levantarse á pedir socorro. Apareció carbonizada, lo mismo que el dependiente, presunto reo de imprudencia temeraria por fumar en el almacén.

No estando aseguradas las existencias del establecimiento, sobre el dueño no recayeron sospechas, sino gran lástima. Arruinado completamente, no faltó quien, estimando sus cualidades mercantiles, su laboriosidad, le adelantase dinero para abrir otra lonja; pero Riopardo dice tristemente á su antigua y fiel clientela:

—Ya no tengo ilusión... ¡Una esposa y un dependiente como los que perdí, no he de encontrarlos nunca!

La religión de Gonzalo