Herido estaba en efecto, pero no de gravedad; su adversario sí que se llevó una buena estocada, ¡que á no resbalar en una costilla...! Así que Gonzalo pudo salir—y fué muy pronto—vino apresurado á dar las gracias á mamá. ¡Ay, Rosalía! ¡Qué impresión! Noté que me miraba... vamos... como otras veces... y á las primeras palabritas que deslizó, estando los dos en el hueco de una ventana que daba al jardín... no lo pude remediar... solté la pregunta difícil...
—¿Esa mujer por quien te has batido...?
Se puso encarnadísimo, lo cual me pareció mala señal, y contestó muy confuso y medio riendo:
—¡Mujer!... Sí, ¡una mujer ha sido la causa!...
Hice un movimiento para separarme, para huir (estaba furiosa, le hubiese pegado), y entonces él, con ese modo que tiene de decir las cosas, que no hay remedio sino creerle, exclamó:
—Beatriz, no caviles... A mí no me ha dado en qué pensar, en cierto terreno y por cierto estilo, ninguna mujer sino una... ¡que tú conoces mucho...! Ea, no te alteres, no pongas esa cara... Si no te burlas, te enteraré... El bárbaro á quien di una lección estaba injuriando...
—¿A quién?—pregunté con afán al ver que Gonzalo se paraba.
—A... ¡á la Virgen María!...
—¡A la Virgen María!—repetí yo atónita.
—Justamente... Por mi honor que es verdad... Ya conozco que te parecerá raro... Por eso no permití que se divulgase; más vale que se figuren otra cosa; así al menos no se reirán de mí... no me llamarán Quijote...