—Pero tú... Gonzalo... tú... Entonces, mamá, que dice que tú... que tus creencias... tartamudeé, temiendo asfixiarme de alegría.

—¿Qué tienen que ver las creencias?—me replicó él casi con dureza.—La Virgen es una mujer... y delante de quien tenga vergüenza y manos, á una mujer no se la ofende...

...............................

Rosalía callaba sorprendida; Beatriz, conmovida, afectaba mirar hacia fuera, á los árboles despojados de hoja, finos como arborizaciones de ágata sobre el cielo puro.

—¿Y después, sin más, os casásteis?—interrogó la amiga con picardía y sorna.

—Sin más—respondió con energía Beatriz.—Mamá dijo que Gonzalo, á su manera, tenía religión, tenía una fe... el honor, ¿sabes? y que la Virgen haría lo que faltaba... Y lo hizo, Rosalía. Mi marido, cuando yo voy á misa... no se queda ya á la puerta!

El panorama de la Princesa

EL palacio del Rey de Magna estaba triste, muy triste, desde que un padecimiento extraño, incomprensible para los médicos, obligaba á la Princesa Rosamor á no salir de sus habitaciones. Silencio glacial se extendía, como neblina gris, por las vastas galerías de arrogantes arcadas y los salones revestidos de tapices, con altos techos de grandiosas pinturas; y el paso apresurado y solícito de los servidores, el andar respetuoso y contenido de los cortesanos, el golpe mate del cuento de las alabardas sobre las alfombras, las conversaciones en voz baja, susurrantes apenas, producían impresión peculiar de antecámara de enfermo grave. ¡Tenía el Rey una cara tan severa, un gesto tan desalentado é indiferente para los áulicos, hasta para los que antaño eran sus amigos y favoritos! ¿A qué luchar? ¡La Princesa se moría de languidez... Nadie acertaba á salvarla, y la ciencia declaraba agotados sus recursos!