Gustaba el vizconde de charlar conmigo, y á veces me refería lances de su azarosa vida, que no serían para contados, si él no supiese salvar los detalles escabrosos con exquisito aticismo, y cubrir la inverecundia del fondo con lo escogido de la forma. No obstante, en las narraciones del vizconde había algo que me sublevaba, y era la absoluta carencia de sentido moral, el cinismo frío, visible bajo la delicada corteza del lenguaje. Punzábame una curiosidad, y pensaba entre mí: «¿Será posible que este hombre, que para sus semejantes ha sido no sólo inútil, sino dañino; que ha libado el jugo de todas las flores sacando miel para embriagarse de ella, aunque la destilase con sangre y lágrimas; este corsario, este negrero del amor, repito, será posible que no haya conservado nada vivo y sano bajo los tejidos marchitos por el libertinaje? ¿No tendrá un remordimiento, no habrá realizado un acto de abnegación, una obra de caridad?»
Un día me resolví á preguntárselo directamente.
—Porque al fin—le dije—en las batallas que usted solía ganar hay muertos y heridos; sólo que, como en las heridas de florete, la hemorragia es interna, pues el honor manda callar y sucumbir en silencio. ¡Cuántos maridos, cuántos hermanos, cuántos padres (sin hablar de las propias víctimas) habrán ardido por culpa de usted en un infierno de vergüenza!
—¡Bah! No lo crea usted—respondía el don Juan sin alterarse en lo más mínimo.—En estas cuestiones, los expertos somos un poquillo fatalistas. ¡Lo escrito se cumple! Y lo que yo, por escrúpulos más ó menos justificados, desperdiciase, otro lo recogería, quizá con menos arte, tino y miramiento que yo. La pavía madura cuelga de la rama y va por instantes á desprenderse del tallo. El que pasa y la coge suavemente, le ahorra el sonrojo de caer al suelo, de mancharse, de ser pisada...
Al ver que su extraño razonamiento me dejaba algo perplejo, el vizconde añadió:
—A pesar de todo, confieso que hice un acto de abnegación y que tengo un remordimiento...
Esperé, y el viejo, apoyando la barba en dos dedos de la mano izquierda, habló con lentitud y en tono menos irónico que de costumbre:
—Ha de saber usted que tuve una hermana que se casó y se murió casi en seguida (en mi casa todos murieron jóvenes y tísicos, excepto yo, que absorbí la fuerza que debía repartirse entre los demás). Mi cuñado, poco después, se cayó de un caballo y no sobrevivió á la caída. Quedó una niña, bonita como un serafín. Yo era su tutor, y aunque cuidé bien de su educación y de sus intereses, la veía poco, porque no me gustan los chiquillos. Vino la pubertad, y entonces la criatura tomó formas menos seráficas y más apetecibles para los humanos. Y, cosa rara, si de chiquilla, al verme, se deshacía en fiestas y se volvía loca de gozo, ya de mujercita no parecía sino que la afligía mi presencia, y me acuerdo que hasta sufrió un síncope porque la dí un beso paternal... Paternal (se lo afirmo á usted bajo palabra de honor), porque tenemos la tontería de figurarnos que los que conocimos niños no llegan nunca á personas mayores...
Con todo, ciertos errores pronto se disipan, y como los síntomas iban acentuándose, no tardé en conocer la índole de la enfermedad... La muchacha repito que era una hermosura. Le enseñaré á usted su retrato, y me dirá si exagero. Aparte de esto de la belleza, nunca ví mujer que más traspasada se mostrase. Rendida ya, vencida por fuerza superior á su albedrío, lejos de huirme, me seguía y buscaba incesantemente, y se leía en sus ojos, en su voz y en sus menores acciones, que era tan mía, tan mía que podía yo marcarla en la frente la S y el clavo. Mi edad era entonces la de las pasiones violentas: tenía treinta y ocho años... pero ¡así y todo!...
—¿No se resolvió usted á coger la pavía?