—No era pavía, como usted verá—respondió el calaverón frunciendo las cejas.—Lo que puedo decir á usted es que al comprender la realidad, huí de mi sobrina, viajé, estuve ausente más de un año, y al ver á mi regreso á la niña enferma de pasión y amartelada como nunca, la hablé lo mismo que un padre, la pinté mi vida y mi condición y hasta mis vicios...

—Leña al fuego—interrumpí.

—¡Leña al fuego, sí, tal vez!... En fin, la dije redondamente que estaba resuelto á no casarme nunca; que no me casaría ni con Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia...

—¿Y ella?...

—Ella... Ella... después de llorar y de ponerse más pálida y más roja y más temblorosa que una sentenciada... acabó por decirme que... soltero ó casado, malo ó bueno, rico ó pobre...

—¡Comprendo!...

—Bien, pues yo... no sólo rehusé, desvié, contuve, sino que busqué marido, joven, guapo, bueno... y con todo mi ascendiente, con mi mandato, lo hice aceptar...

—¡Ya me parecía!—exclamé entusiasmada.—¡Una acción generosa, bonita! ¡Si no podía menos!

—Una acción detestable—repuso el vizconde, cuyos labios temblaron ligeramente.—Así que se casó mi sobrina, se me cayeron á mí las escamas de los ojos, y me hice cargo de que me estaba muriendo por ella... Y la busqué, y la perseguí, y la asedié, y agoté los recursos, y sólo encontré repulsa, glacial desdén, rigor tan sistemático y tan perseverante, que me dí por vencido, y me salieron las primeras canas...

—Vamos, la sobrinita se encontraba bien con el marido que usted eligió...