—Tan bien—añadió el don Juan sombríamente—que a los seis meses mi sobrina enfermó de pasión de ánimo; y á los diez, en la agonía, me llamó para despedirse de mí y decirme al oído que... ¡como siempre!
Tresmes bajó la cabeza y me pareció ver que una nube cruzaba por su frente olímpica.
—Ahí tiene usted—murmuró después de una pausa,—mi remordimiento. Nadie debe salirse de su vocación, y la mía no era conducir á nadie al sendero del deber y la virtud.
Temprano y con sol...
EL empleado que despachaba los billetes en la taquilla de la estación del Norte no pudo reprimir un movimiento de sorpresa cuando la infantil vocecica pronunció, en tono imperativo:
—¡Dos de primera... á Paris!...
Acercando la cabeza cuanto lo permite el agujero del ventano, miró á su interlocutora, y vió que era una morena de once á doce años, de ojos como tinteros, de tupida melena negra, vestida con rico y bien cortado ropón de franela inglesa roja, y luciendo un sombrerillo jockey de terciopelo granate que la sentaba a las mil maravillas. Agarrado de la mano traía la señorita á un caballerete que representaba la misma edad sobre poco más ó menos, y también tenía trazas en su semblante y atavío de pertenecer á muy distinguida clase y á muy acomodada familia. El chico parecía azorado: la niña, alegre, con nerviosa alegría. El empleado sonrió á la gentil pareja, y murmuró como quien da algún paternal aviso:
—¿Directo ó á la frontera? A la frontera... son ciento cincuenta pesetas, y...