—Ahí va dinero—contestó la intrépida señorita, alargando un abierto portamonedas. El empleado volvió á sonreir, ya con marcada extrañeza y compasión, y advirtió:
—Aquí no tenemos bastante...
—¡Hay quince duros y tres pesetas!—exclamó la viajerilla.
—Pues no alcanza... Y para convencerse, pregunten ustedes á sus papas.
Al decir esto el empleado, vivo carmín tiñó hasta las orejas del galán, cuya mano no había soltado la damisela, y ésta, dando impaciente patada en el suelo, gritó:
—¡Bien... pues entonces... un billete más barato!
—¿Cómo más barato? ¿De segunda? ¿De tercera? ¿A una estación más próxima? ¿Escorial, Avila...?
—¡Avila, sí... Avila... justamente, Avila...!—respondió con energía la del rojo balandrán. Dudó el empleado un momento; al fin se encogió de hombros como el que dice: «¿A mí qué? ya se desenredará este lío;» y tendió los dos billetes, devolviendo muy aligerado el portamonedas...
Sonó la campana de aviso; salieron los chicos disparados al andén; metiéronse en el primer vagón que vieron, sin pensar en buscar un departamento donde fuesen solos; y con gran asombro del turista británico que acomodaba en un rincón de la red su balija de cuero, al verse dentro del coche se agarraron de la cintura y rompieron á brincar...
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