—Si no era nada...
—¡Cómo nada!—articuló Finita furiosa.—¡Pareces memo de la cabeza! Nada, ¿eh?
Y el muchacho, dando tormento al rey Leopoldo de Bélgica que apretaba entre sus dedos, se puso muy cerquita del oído de la niña, y murmuró suavemente: «Sí, era algo... Quería decirte que eres... ¡más guapita!» Y espantado de su osadía, echó á correr escalera abajo, y del portal salió en volandas á la calle.
Al otro día, Currín escribió unos versos (poseo el original) en que decía á su tormento:
Nace el amor de la nada;
de una mirada tranquila;
al girar de una pupila
se halla un alma enamorada...
Endeblillos y todo, graves autores aseguran que Currín los sacó de un libro que le prestó un compañero... Mas ¿qué importa? El caso es que Currín se sentía como lo pintaban los versos: enamorado, atrozmente enamorado... No pensaba más que en Finita; se sacaba la raya esmeradamente, se compró una corbata nueva, y suspiraba á solas.
Al fin de la semana eran novios en regla. La doncella francesa cerraba los ojos... ó no veía, creyendo buenamente que de sellos se hablaba allí, y aprovechaba el ratito charlando también de lo que le parecía con su compatriota el cocinero...
Cierta tarde creyó el portero que soñaba, y se frotó los ojos. ¿No era aquella la señorita Serafina, que pasaba sola, con un saquillo de piel al brazo? ¿Y no era aquel que iba detrás el señorito Currín? ¿Y no se subían los dos á un coche de punto, que salía echando diablos? ¡Jesús, María y José! ¡Pero cómo están los tiempos y las costumbres! ¿Y á dónde irán? ¿Aviso ó no aviso á los padres? ¿Qué hace en este apuro un hombre de bien? ¿Me recibirán con cajas destempladas... ó caerá una propinaza de las gordas?
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—Oye tú—decía Finita á Currín apenas el tren se puso en marcha—Avila, ¿cómo es? ¿Muy grande? ¿Bonita lo mismo que París?