—No...—respondió Currín con cierto escepticismo amargo.—Debe de ser un pueblo de pesca.

—Pues entonces... no conviene quedarse allí. Hay que seguir á París. Yo quiero ver París á todo trance; y también quiero ver las Pirámides de Egipto.

—Sí...—murmuró Currín, por cuya boca hablaban el buen sentido y la realidad—pero... ¿y los monises?

—¿Los monises?—contestó remedándole Finita—Eres más bobo que el que asó la manteca. ¡Se pide prestado!

—¿Y á quién?

—¡A cualquiera!

—¿Y si no nos lo quieren dar?

—¿Y por qué, melón de arroba? Yo tengo reloj que empeñar. Tú también. Empeño además el abrigo nuevo: me va asando de calor. No sirves para nada... ¡Escribimos á papás que nos envíen... un.. un bono... no, una letra! Papá las está mandando cada día á París y á todas partes.

—Tu papá estará echando chispas... Nos mandará un demontre!... Como mi mamá... ¡La hicimos, Finita!... No sé qué será de nosotros.

—Pues se empeña el reloj, y en paz... ¡Ay! ¡Lo que nos divertiremos en Avila! Me llevarás al café... y al teatro... y al paseo...