Cuando oyeron cantar «¡Avila! ¡Veinticinco minutos!...» saltaron del tren, pero al sentar el pie en el andén, se quedaron indecisos, aturrullados. La gente salía, se atropellaba hacia la fonda, y los enamorados no sabían qué hacer. «¿Por dónde se va á Avila?»—preguntó Currín á un faquino, que viendo á dos niños sin equipaje, se encogió de hombros y se alejó. Por instinto se encaminaron á una puerta, entregaron sus billetes, y asediados por un solícito mozo de fonda, se metieron en el coche, que los llevó á la del Inglés...

Acababa de recibir el señor gobernador de Avila telegrama de Madrid, «interesando la captura,» de la apasionada pareja. Era urgentísimo el aviso, y delataba la situación moral de una familia sumida en la angustia y la desesperación,—mejor dicho, dos familias debían de ser las desesperadas.—La captura se verificó en toda regla, no sin risa por un lado y declamaciones sobre lo que «cunde la inmoralidad», por otro. Los fugitivos fueron llevados á Madrid, y, acto continuo, Finita quedó internada en las Dames anglaises, y Currín en un colegio de donde no se le permitió salir en un año, ni aun los domingos. Con motivo del trágico suceso, el papá de Finita y la mamá de Currín se relacionaron, y conferenciaron largo y tendido, quedando acordes en que era preciso «echar tierra», «desorientar la opinión...» «hacer la conspiración del silencio». Con tal motivo, el papá de Finita reparó en lo bien conservada que estaba la mamá de Currín, y ésta notó en el banquero excelentes condiciones de hombre práctico en los negocios y de caballero galán con las damas. Su amistad se consolidó, y hay quien cree que se visitan á menudo. No se presume, sin embargo, que jamás se hayan escapado juntos... ¿Para qué?

Sí, señor

LO que voy á contar no lo he inventado. Si lo hubiese inventado alguien, si no fuese la exacta verdad, digo que bien inventado estaría; pero también me corresponde declarar que lo he oído referir... Lo cual disminuye muchísimo el mérito de este relato, y obliga á suponer que mi fantasía no es tan fecunda como se ha solido suponer, en momentos de benevolencia.

¿Eres tímido, oh tú que me lees? Porque la timidez es uno de los martirios ridículos; nos pone en berlina, nos amarra á banco duro. La timidez es un dogal á la garganta, una piedra al pescuezo, una camisa de plomo sobre los hombros, una cadena á las muñecas, unos grillos á los pies... Y el peor género de timidez no es el que procede de modestia, de recelo por insuficiencia de facultades. Hay otro más terrible: la timidez por exceso de emoción; la timidez del enamorado ante su amada, del fanático ante su ídolo.

De un enamorado se trata en este cuento, y tan enamorado, que no sé si nunca Romeo el veronés, Marsilla el turolense, ó Macías el galaico, lo estuvieron con mayor vehemencia. No envidiéis nunca á esta clase de locos. A los que mucho amaron se les podrá perdonar; pero envidiarles, sería no conocer la vida. Son más desventurados que el mendigo que pide limosna; más que el sentenciado que en su cárcel cuenta las horas que le quedan de vida horrible... Son desventurados porque tienen dislocada el alma, y les duele á cada movimiento... Doble su desdicha si la acompaña el suplicio de la timidez. Y la timidez, en bastantes casos, se cura con la confianza; pero la hay crónica é invencible; la hay en maridos que llevan veinte años de unión conyugal y no se han acostumbrado á tener franqueza con sus mujeres; en mujeres que, viviendo con un hombre en la mayor intimidad, no se acercan á él sin temor y temblor... Generalmente, sin embargo, se presenta el fenómeno durante ese período en que el amor, sin fueros y sin gallardías se estremece ante un gesto ó una palabra... Y éste era el caso de Agustín Oriol, perdidamente esclavo de la coquetuela y encantadora Condesa viuda de Dolfos.

Dícese que una viuda es más fácil de galantear que una soltera; pero en estas cuestiones tan peliagudas, yo digo que no hay reglas ni axiomas; cada persona difiere ó por su carácter ó por el mismo exceso de su apasionamiento. Agustín sentía, al acercarse á la Condesa, todos los síntomas de la timidez enfermiza, y mientras á solas preparaba declaraciones abrasadoras, discursos perfectamente hilados y tan persuasivos que ablandarían las piedras, lo cierto es que en presencia de su diosa no sabía despegar los labios; su garganta no formaba sonidos, ni su pensamiento coordinaba ideas... Todos reconocerán que este estado tiene poco de agradable, y que Agustín no era dichoso, ni mucho menos.

Vanamente apelaba á su razón para vencer aquella timidez estúpida... Su razón le decía que él, Agustín Oriol de Lopardo, caballero por los cuatro costados, joven, con hacienda, inteligencia y aptitudes para abrirse camino, era un excelente candidato á la mano de cualquiera mujer, por bonita y encopetada que se la suponga... ¿Por qué no había de quererle la Condesa? ¿Por qué, vamos á ver, por qué? El debía acercarse á ella ufano, arrogante, seguro de su victoria. Y todas las noches, al retirarse á su casa, se lo proponía...., y al día siguiente procedía lo mismo que el anterior. Se insultaba a sí mismo; se trataba de menguado, de necio, pero no podía vencerse... No podía, y no podía.