De modo que, al año próximamente de un enamoramiento tan intenso que le ocasionaba trastornos cardíacos, violentos hasta el síncope, Agustín no había cruzado aún palabra, lo que se dice palabra, con su idolatrada viuda. Iba á todas partes donde podía encontrarse con ella, pasaba muchas veces por debajo de sus balcones, se trasladaba á San Sebastián el mismo día que ella y en el mismo tren..., y aun ignoraría el sonido de su voz si no hubiese prestado ansioso oído á las conversaciones que ella sostenía con otras personas...

Por fin, un día—precisamente en San Sebastián—presentóse rodada la ocasión de romper el hielo. Fue en la terraza del Casino, á la hora en que una muchedumbre elegantemente ataviada respira el aire y escucha, ó, por mejor decir, no escucha la música, sino las infinitas charlas, que hacen otro rumor más contenido y más suave, como de colmena. Agustín estaba muy próximo á su amada, y devoraba con los ojos el perfil fino, asomando bajo el sombrero todo empenachado de plumas. Ella le observaba de reojo; y viéndole tan cerca, de pronto sintió impulsos de dirigirla la palabra. No era correcto, no era serio, no era propio de una señora... Bueno. Por encima de las fórmulas sociales están las circunstancias, y hay de estas irregularidades que todo el mundo comete, cuando á ello le empuja un fuerte estímulo... La viudita no podía menos de haber notado aquella adoración profunda, continua, que la rodeaba como el cuerpo astral al cuerpo visible, y sentía una curiosidad femenil, ardorosa, el afán de saber qué diría aquel adorador mudo, que la bebía y la respiraba. Resuelta, con sonriente afabilidad, con un alarde infantil que disimulaba lo aturdido del procedimiento, exclamó:

—¡Qué noche tan hermosa! ¿Verdad que es una delicia?

Agustín sintió como si campanas doblasen en su cerebro, no sabía si á muerte ó si á gloria; su sangre giró de súbito, sus oídos zumbaron..., y con tartajosa lengua, con voz imposible de reconocer, con un acento ronco y balbuciente, soltó esta frase:

—Sí... señor! ¡Sí... señor!

Fué como si otro hubiese hablado... Un individuo zumbón, dentro de Agustín, se reía sardónico, se mofaba de la extravagante respuesta... ¡Acababa de llamar «señor» á la única mujer que para él existía en el mundo! ¡No se le había ocurrido sino tal inepcia! Y ahora, con la lengua seca y el corazón inundado de bochorno, tampoco se le ocurría más. ¡Qué había de ocurrírsele! La terraza daba vueltas, el suelo huía bajo sus pies... Exhaló un gemido ronco, se llevó las manos á la cabeza, y levantándose, tambaleándose, huyó sin volver la vista atrás. Aquella noche pensó varias veces en el suicidio.

A la mañana siguiente, sintiéndose incapaz de presentarse de nuevo ante la que ya debía despreciarle, salió para Francia en el primer tren. Estuvo ausente muchos años; en ellos no volvió á saber de su adorada. Un día leyó en un periódico que se había casado. Todavía la noticia le causó grave pena. Después, lentamente, fue olvidando, nunca del todo.

Habían corrido cerca de cuatro lustros; las canas rafagueaban el negro cabello de Agustín, cuando en uno de sus viajes entró una señora, con dos señoritas, en el mismo departamento. Agustín la reconoció..., y aun su corazón, del cual padecía, le avisó de que era ella,—muy cambiada, muy envejecida,—pero ella. ¿Fue reconocido Agustín? No se sabe. Lo cierto es que se trabó conversación entre ambos viajeros, y que esta vez, no habiendo el estorbo de un amor tan insensato, Agustín charló sin recelo, y las horas corrieron sin sentir. La viajera habló de su juventud, y murmuró confidencialmente:

—De cuantos homenajes han podido tributarme, el que más agradecí, porque era el más sincero, consistió en que un joven que me seguía como mi sombra, me contestase, al dirigirle yo por primera vez la palabra: «Sí, señor...» ¿Comprende usted? Era tal su aturdimiento, que no acertó á decir otra cosa... Los requiebros más entusiastas no pueden halagar tanto á una mujer como una turbación, que parece señal de pasión verdadera...

—¿De modo... que usted no se rió de aquel hombre?—preguntó Agustín.