La sopa de almendra humeaba suavemente y trascendía á gloria; las frutas raras se apiñaban en el centro de mesa, reflejado por una luna de espejo circundada de rosas tardías; en las copas reía ya el Sauterne amarillo, y mi mujer, engalanada, compuesta, sonriente, con el rizado pelo algo fosco y las mejillas rubicundas, se acercó á mí y murmuró acariciándome con la voz:
—¿No saludas al forastero? Ahí le tienes.
Abracé á Bernardo, y empezó la cena, animada al principio por las genialidades del nene y las coqueterías de Ventura, empeñada en que alabase su tocado y tan resuelta á conquistarme, que hasta apoyó sobre mi pie el suyo chiquitín. Sin embargo, languideció la conversación bien pronto; no era difícil notar que Bernardo y yo estábamos pensativos. A las preguntas inquietas de mi esposa respondí alegando cansancio y jaqueca; pero Bernardo, el de las chispeantes pupilas azules, declaró categóricamente:
—Tu marido tendrá lo que guste, y no querrá enterarnos del por qué parece un reo á quien le acaban de leer la sentencia ahora mismo; pero lo que es yo... estoy así... porque me da vergüenza cenar tan bien, con salmón, y ostras, y langostinos, y vinos añejos, y no poder ofrecer á algunas familias pobres, ya que no estos festines de Lúculo, al menos el pan del año, el fuego del hogar y ropa con que abrigarse las carnes. El Apóstol enseñaba que los cristianos no deben encerrarse para comer manjares suculentos. Nosotros nos saciamos de cosas ricas, y vamos á brindar con un Champagne... que ya lo conozco de otras veces... ¡Clicquot! mientras los pobres... No puedo evitar esto, ni vosotros podéis; pero allá dentro, hay un rincón de mi alma que llora. ¡Cómo ha de ser! ¡No acierto á remediarlo!
Decir esto el sacerdote, y cruzar por mi imaginación el chispazo de una idea, fue todo uno; ni dió tiempo á la reflexión, ni á que yo calculase el efecto que en Bernardo iban á producir mis palabras. Me levanté, llené una copa del Champagne que frío como nieve ya lucía en la jarra de cristal tallado, y la tendí á Bernardo, exclamando de un modo significativo:
—¡Pues brinda... ó reza! para que se logre un plan que tengo yo... Si se logra, asegurarás el pan á algunas familias.
Bernardo echó mano á su copa, y antes de alzarla, fijó en mí las fascinadoras pupilas. A mi parecer, me registraba el cerebro, me veía la conciencia y me leía como se lee un abierto libro.
De pronto, con súbita decisión, tendió la copa, la acercó á la mía, las chocó, y pronunció majestuosamente:
—Brindo ahora... Rezaré después. Deseo que se logre tu plan... pero una vez sola ¿entiendes? Una sola.
Consideré sellado el pacto. En mi superstición de jugador lo había ensayado todo, jitanas y mediums, amuletos y pueriles conjuros... todo, excepto interesar á Dios por el cebo de la caridad, partiendo mis ganancias con el Arbitro supremo, cuya previsión sirve al ciego azar de invisible lazarillo. ¡Poner al cielo de mi parte! Sí, porque el cielo tampoco podía querer que yo ejecutase la resolución postrera y definitiva, la única que cortaba el nudo infernal de mi destino...