Así que terminó la cena, me levanté, alegué una excusa, dejé á Ventura malhumorada y á Bernardo meditabundo, y salí desalado, á jugar, no ya el dinero, sino la honra y la existencia, la existencia que en aquel momento me parecía tan seductora, tan digna de ser vivida, entre los halagos de una mujer enamorada y la luminosa sonrisa de un querubín que me pedía protección y ayuda para andar, cogiéndose á mis piernas...
Por las calles se oía tumulto de gentío, repique alegre de panderetas, rasgueos de guitarrillo; en las casas, la luz se filtraba delatando la reunión de los que se quieren en íntima fiesta; y yo pensaba, mientras el coche que había tomado á mi puerta iba rodando hacia el Casino: «Si marro, esta es mi Nochebuena última.»
¿Sabéis lo que se llama una suerte desatinada, increíble, loca? Pues así la tuve yo desde el primer instante. Sobraban horas para jugar, y estaban allí los puntos fuertes, los de repleta cartera y crédito firme. Sin tregua los arrollé: no recuerdo vena igual: parecía cual si viese al trasluz las cartas que iban á salir, ó un poder invisible me dictase la puesta. Como si Dios se esmerase en cumplir el pacto, mi vena aumentó desde que sonó la media noche.
Al regresar á mi domicilio, entré en el cuarto de Bernardo. El cura estaba despierto; me esperaba sin duda.
—Acuéstate—le dije,—y duerme bien, que mañana tendrás con qué dar á esas familias pobres el pan del año.
Vi en el expresivo rostro del sacerdote indicios de perplejidad y zozobra. Comprendía perfectamente el origen del dinero que yo venía á ofrecerle en cumplimiento del trato, y su conciencia batallaba con su pasión de hacer bien, de consolar penas, de enjugar lágrimas. Débil, por fin, vencido del deseo, sacudido por una trepidación interior que le enronqueció la voz siempre sonora, me cogió las manos entre las suyas, y murmuró:
—Acepto... Venga... Sólo que ¡acuérdate!... La condición...
—Hoy ha sido la última vez: palabra de honor—respondí adelantándome á su ruego.
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No sé si me creeréis, pero no he jugado más desde aquella Nochebuena. Al principio se me crispaban los dedos y la cabeza se me desvanecía con el ansia de volver á probar las amargas delicias del juego; después, poco á poco, vino la calma: el olvido ¡nunca! Negocié, labré una fortuna, y aprendí que puedo usar de ella, pero no abusar. Sé que soy depositario. El dueño está arriba.