—España es también aquí—respondió seriamente el capitán.—¡Lo que es el mundo! Tú te acuerdas de las muchachas... y yo de mi nene, que ha nacido hace tres meses... No le conozco aún.

—¡Nochebuena!—repitió el teniente de la cara afeminada.—Mira tú; ello será tontería ó chifladura... pero me acaba de dar por el alma no sé qué cosa rara, chico, y me pasa como á ti... que me gustaría hacer algo gordo esta noche.

—¡Para escribirlo allá!

—¡No, que sería para contárselo al emperador de la China!

Las manos de los amigos se buscaron y se estrecharon enérgicamente; la hoguera, casi extinguida por la humedad del suelo, lanzó un reflejo rojo sobre el semblante de los dos oficiales; y el teniente, despabilado, electrizado, dijo en voz opaca y ardiente como un ruego:

—¡A despertarlos, chico, á despertarlos! Tres ó cuatro leguas que faltan se andan pronto... El guía me ha dicho á mí que sabe un atajo...

Quince minutos después, ni uno más, ni uno menos, el destacamento caminaba otra vez, mejor dicho, se arrastraba penosamente, cortando con hachas las espesas lianas y los bejucales, hundiéndose en charcos donde la amarillenta sanguijuela les adhería á las piernas su ventosa, y oyendo deslizarse en la maleza la iguana y la venenosa serpiente palay. Cubierta otra vez la luna por nubarrones, la obscuridad era casi total, y la tropa avanzaba á tientas, riendo y renegando, pero sin quejarse, sin echar de menos el interrumpido reposo. El que tropezaba en un tronco de árbol y daba de bruces, juraba y se incorporaba, sin pensar siquiera en enterarse del daño recibido. ¡Sí, para mimitos estaba el tiempo! ¡Cuando tal vez ardía Arringuay y destripaban á sus moradores los condenados rebeldes! ¡A menear las patas! Y una calentura de voluntad, de deseo, de abnegación, impulsaba los cuerpos exhaustos, despejaba las cabezas cargadas de modorra, y prestaba fuerzas á los más endebles, á los que menos podían consigo... Iban como se va en una pesadilla.

Media noche era por filo cuando avistaron al enemigo. Para decir verdad, lo que avistaron fue un caserío envuelto en llamas, un grupo de chozas de donde salían clamores: el capitán había adivinado: Arringuay se encontraba ya en poder de los asaltantes. Parapetados en la iglesia resistían aún algunos hombres, mandados por el párroco fraile; hacia la plaza sonaban disparos; el pueblo, inerme ya, encontrábase entregado al saqueo y á la matanza. Los españoles se precipitaron en él, y se luchó confusamente entre las sombras ó á la luz del incendio, pisando muertos lívidos, acribillados de heridas, vivos palpitantes aún, agarrándose con los bandidos y cruzando con sus raras armas de salvajes, sus campilanes y sus krises ondeados como sierpes, las leales espadas y las limpias bayonetas. La pelea, sin embargo, duró poco; la horda, con exclamaciones nasales, con atiplados chillidos, que delataban á la vez el despecho, la ferocidad y la cautela, se comunicó la orden de retirada, y dejando en la plaza y en las calles otra nueva hornada de cadáveres—porque la tropa, cansada y todo, pegaba duro,—huyeron á la desbandada los rebeldes, y los defensores de Arringuay, llorando de gozo, bajaron de la torre, en cuyos escombros pensaron envolverse. El fraile, empuñando todavía su Remington, corrió al encuentro del capitán, y aquellos dos hombres que no se conocían, que no se habían visto nunca, pero que eran, en el momento de encontrarse, una misma idea habitando dos cuerpos diferentes, se abrazaron con esa efusión larga, ardorosa, con que sólo se abrazan los que se quieren mucho...

La tropa, reanimada ya, ni pensaba en comer ni en dormir. Iban de casa en casa ayudando á apagar el incendio. Y el fraile y el capitán, comprendiendo que no era hora de entregarse á desahogos, se pusieron de acuerdo en breves palabras, empezaron á dar órdenes y á ejecutarlas en persona. Los moradores, como el rebaño después de la acometida del lobo, juntáronse en la plaza: la madre buscaba al hijo, el hermano al hermano; se llamaban, se contaban; algunos sacaban á cuestas á los heridos. Un sargento trajo en brazos á un niño de pecho; acababa de encontrarlo en una casuca que empezaba á arder, y donde sólo había una mujer muerta, nadando en un charco de sangre. Era la criatura un muñeco amarillo, que se descuajaba llorando; pero al capitán la vista del muñeco le avivó deseos y afanes, con más viveza en aquella noche, en que especialmente son sagrados los pequeñuelos; inclinóse y besó tiernamente al huérfano, y el teniente, con bonita sonrisa juvenil, le alzó entre sus manos y le enseñó á la multitud, diciendo humorísticamente:

—¡Miren qué Niño Dios nos cae hoy!