—Es bien feo el condenado, mi teniente—declaró el sargento.

—¡No tenemos otro...!

Y el niño, de raza malaya, fue festejado y compadecido, y chillado, hasta que le tomó de su cuenta una china que le acercó á su seno oblongo, y á la cual el capitán deslizó en la mano todo el dinero que llevaba.

DOS CENAS

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—Hoy es un día muy señalado y una noche en que no se debe cenar solo—dijo Rosálbez el banquero á su amigo el joven conde de Planelles, á quien encontró casualmente en su misma calle, casi frente al suntuoso palacio. Usted es soltero, no tendrá quizá comprometida la cena... Si quiere hacernos el obsequio de aceptar... á las ocho en punto... Yo apenas cenaré, me siento malucho del estómago; usted despachará mi parte...

—Mil gracias y aceptado—respondió cordialmente el conde.—Pensaba cenar con unos cuantos en el Nuevo Club. Les aviso y en paz... Aunque casi no era necesario avisarles: al no verme allí...

—¡Perfectamente! Hasta luego—murmuró Rosálbez saltando á su berlinita que le aguardaba, para llevarle, como todos los días, á una plazuela, y de allí á pie á cierta casa, hasta la cual no le convenía que llegase el coche. Era el secreto de Polichinela, como dicen nuestros vecinos los franceses; nadie ignoraba en Madrid que Rosálbez protegía á aquella rasgada moza, Lucía la Cordobesa, de tanta gracia y garabato, y que el entretenimiento le salía carísimo—el que lo tiene lo gasta.