Ha de saberse que Rosálbez el opulento había llegado á los cincuenta y seis años y empezaba á cambiar sensiblemente de genio y de gusto. En otro tiempo no necesitaba la nota afectuosa en sus relaciones con mujeres: sólo exigía que le divirtiesen un instante. Ahora, sin duda, el desgaste físico de la edad reblandecía sus entrañas, y lo que buscaba era agrado tranquilo, el halago suave de un mimo filial. Su hija verdadera, Fanny, le demostraba un respeto helado, una obediencia pasiva y mecánica, y Rosálbez aspiraba á encontrar en la Cordobesa espontaneidad, calor amoroso, algo distinto, algo que removiese cenizas y alzase suaves llamas. Con esta esperanza y este deseo, llamaba á su puerta el día de Navidad.
Lucía estaba en su tocador. Vestía una bata de franela rosa. La doncella, que le recogía con ancho peine la magnífica mata de pelo ondulado, de un negro de azabache, al ver entrar al protector retiróse discretamente.
La Cordobesa sonrió; Rosálbez la tomó una mano, y acariciando con reiterados pases la piel de raso moreno y los torneados dedos, la interpeló así:
—¿Conque cenamos juntos esta noche, nena? ¿Conque tú misma irás á la cocina y dirigirás la sopa de almendra y la compotita con rajas, al uso de tu país?
Lucía entornó un instante los párpados pesados y sedosos, y su boca pálida, en la cual refulgían los dientes como trozos de cuajado vidrio frío y blanco, hizo un gesto de mal humor.
—¡Ay, hijo! ¡Pero qué caprichos gastas, vaya por San Rafaé! ¿Te lo he de decir cantando ó resando? Ya sabes que está en Madrid mi prima la de Écija, y quiere que la acompañe á la misa el Gallo, á media noche. Si te conformas con cenar á las ocho y largarte á las once en punto..., santo y bueno; después... tengo compromiso.
Rosálbez se soliviantó; se inyectó de sangre su cráneo calvo.
—¡Compromiso! ¡Me gusta! ¿Y qué compromiso es más que yo para ti? A las ocho se cena en mi casa; tal noche como hoy no he de dejar á mi hija sola, y menos teniendo convidados.
—¡Hola! ¡Convidados! ¿Quién?
—Gente que no conoces. Los Ruidencinas, Mario Lirio, el conde de Planelles...