Lucía se echó á reir. Su carcajada era vulgar (nada como el eco de la risa delata la extracción, la educación y la calidad del alma).
—¿De qué te ríes?—exclamó el banquero impaciente.
—De ti—respondió ella con cinismo.—¡Mira tú que empeñate en que no conozco á esos! Conozco yo á to el mundo.
—Aquella risa insolente y mofadora, que continuaba, le hacía daño á Rosálbez. Hubiese pagado á buen precio una luz de melancolía en los grandes ojos árabes de la Cordobesa, un aire de mansedumbre en su morena faz.
—¿Me das de cenar ó no?—insistió secamente, sintiendo en las manos como unas cosquillas, impulso de tratar con brutalidad á la reidora.
—A las dose... ni que te lo imagines, criatura,—declaró ella con la misma desdeñosa inflexibilidad.
—Bien, hija—exclamó Rosálbez con laconismo, levantándose y encaminándose hacia la puerta.
A medio pasillo sintió detrás de sí las pisadas y la voz de Lucía, que le llamaba bromeando; pero en vez de volverse, apretó el paso, tiró vivamente del resbalón de la puerta y bajó las escaleras á escape. Al verse en la plazuela, recordó que había despedido su coche, y echó á andar á pie, para calmar su agitación nerviosa. Claridad repentina alumbraba su mente; comprendía lo que estaba sucediendo. Era, sin ambajes, que se encontraba enamorado de Lucía, de la Cordobesa agitanada é indómita. Hasta entonces la había mirado como un mueble ó un objeto de lujo: indiferencia absoluta. Pero la crisis de su madurez, ablandándole el corazón, hacía germinar en él un sentimiento desconocido. Al acercarse la noche inmortal, consagrada al amor puro, en que se desea reclinar la frente sobre el pecho de un sér amado, Rosálbez soñaba que ese pecho sería el de la Cordobesa, y las proporciones de su pena ante el desengaño le daban la medida exacta de su ilusión.
—¡Después de lo que hice por ella!—pensaba el banquero.—La he sacado de la abyección y de la miseria; me debe hasta el aire que respira. La he tratado mejor que á nadie; la he rodeado de bienestar y de lujo; la he guardado incluso consideraciones... La quiero, la idolatro... ¡Ingrata!
La idea de la ingratitud de Lucía causó á Rosálbez una especie de enternecimiento: sintió lástima de sí mismo; se tuvo por muy desventurado. A aquella hora de su vida, ante la vejez amenazadora, con la caja bien repleta y el alma completamente árida y obscura, Rosálbez lo que echaba de menos, para tapar el negro agujero, era cariño. Su mujer fue una dura vascongada, una rígida ama de llaves, una secatona administradora, que no pensaba sino en cooperar dentro de casa, por medio de una economía estricta, á las brillantes especulaciones del marido. Cuando murió, Rosálbez notó su falta en que le robaron los cocineros y subió bastante el gasto diario. Y Fanny, la única hija, algo inclinada á la devoción, seria y callada por naturaleza, tampoco tenía para su padre halagos. Hasta se diría que le miraba como á un amo que manda, un superior, con quien no existe comunicación afectiva. Actualmente, la absorbían del todo sus amoríos con el conde de Planelles, no formalizados aún, Rosálbez lo sabía; y en el súbito acceso de bondad que le había acometido, en el deseo de ver algún rostro que le sonriese, al volver á casa se apresuró á entrar en el saloncito de Fanny y darle la noticia de que estaba invitado Planelles á cenar. Equivalía á decir: «Autorizo tus relaciones; ya tienes oficialmente novio.»