Fanny, al recibir la nueva, se puso roja como una cereza, tembló, pero sólo respondió:

—Está bien...

Rosálbez fantaseaba otra cosa; que le saltasen al cuello, que le abrazasen estrechamente. Acababa de traslucir una solución para su vida: unirse á su hija, crearse un hogar en el suyo, adorar y mimar á los nietos que enviase Dios. Ya veía una larga serie de Navidades futuras, de gozosas cenas de familia, con Arbol cargado de juguetes, con sorpresitas retozonas y babosas del abuelo. Creía sentir sobre sus rodillas el peso del «mayorcito» y en las barbas la sobadura de las manos tibias de «la pequeña». ¡Ah, sí; aquello era lo bueno, lo honrado, lo digno, lo que debía hacerse! Y conmovido, se acercó á Fanny y besó su frente marmórea, bebiendo ansioso la nitidez virginal de la fresca piel.

Espléndida fue la cena, servida á las ocho en punto. En nada se pareció á la que pretendía Rosálbez organizar en casa de la Cordobesa: ni hubo sopa de almendra, ni besugo con ruedas de limón, ni compotita con rajas de canela.—Esos platos clásicos, familiares, no suelen dignarse presentarlos los cocineros de miles de pesetas de sueldo. Esos platos son mesocráticos.—En cambio, desfilaron por la mesa del banquero los peces y mariscos más suculentos, aderezados al genuino estilo francés, y regados con vinos añejos, raros y preciosos. El triunfo del cocinero fue un fingido jamón en dulce hecho de pescado prensado (no se podía infringir el precepto de la vigilia), que engañaba, no sólo á la vista, sino al paladar. Fanny, sentada á la derecha del que ya consideraba su prometido, en la penumbra del centro de mesa formado de lilas blancas forzadas en estufa y tallitos de combalaria alternando con camelias rojas, le hablaba quedo. Rosálbez, que los miraba á hurtadillas, no pudo menos de exclamar:

—Pero Planelles, ¡qué poco come usted!

A lo cual contestó el conde:

—Es que me siento malucho del estómago...

Tan sencilla frase hizo estremecerse al banquero. Era exactamente la misma que él había pronunciado por la mañana, al invitar á Planelles, cuando proyectaba reservarse para la otra cena, íntima, en casa de Lucía, á las doce. Aquella singular coincidencia, no descifrada todavía, heríale, sin embargo, como chispa lumínica el pensamiento. ¿Quién averiguará por qué inmateriales hilos es conducida la leve sospecha que precede á la entera revelación de la verdad? No fué el protector apasionado de la Cordobesa, sino el padre de Fanny, quien calculó, fijando los ojos en los del futuro yerno:

«A mí con esas. Tú ayunas para guardar apetito. ¡Ah! Yo te vigilaré. ¿Buscas en mi hija el oro ó el amor? ¡Cuidado conmigo!»

La impresión adquirió fuerza cuando, á pesar de que Fanny anunció que á media noche justa, al dar las doce, serviría á los convidados una copa de Champagne para celebrar el Nacimiento, el conde manifestó que se retiraba.