Un cuarto de hora después que el conde, bajaba el banquero la escalera de mármol blanco, y saltaba en el primer coche de punto varado en la esquina. El simón destartalado se paró á la puerta de la Cordobesa. No acudió el sereno á abrir: Rosálbez le daba muy generosas propinas porque le dejase servirse de su llavín, sin oficiosidades importunas. Cruzó el tenebroso portal, y girando á la izquierda y encendiendo un fósforo, encontró la cerradura de la puerta del cuarto bajo.
Sufría una agitación honda cuando introdujo en ella el otro extremo del llavín. ¡Aún dudaba! ¿Quién sabe? Tal vez, como buena andaluza apegada á la tradición y creyente, la Cordobesa no había querido pasar la noche del 24 de Diciembre sin asistir á la Misa del Gallo, la más alegre y tierna de todas las misas.—¡Qué dicha esperarla en el cuartito forrado de felpa azul, y cuando regresase á la una, depositar en su regazo el estuche con las calabazas de perlas, el último capricho!—Giró la llave sordamente; el banquero sintió bajo sus pies la alfombra de la antesala. Dió luz al tulipán, y al mismo tiempo oyó que salía del comedor algazara y risa. De puntillas se coló en el ropero, que estaba á la derecha del pasillo; quería saber á qué atenerse: iba á ver, á saber, á cerciorarse de la infamia.—Del ropero se pasaba á un gabinete, y ya en éste, al través de una puerta vidriera, era fácil distinguir cuanto en el comedor sucedía. Rosálbez se agachó, entreabrió las cortinas... Enfrente tenía á la Cordobesa, con mantón de Manila y flores en el moño; á su lado, Planelles alzaba la copa.
El banquero retrocedió; reclinóse en un sofá, y creyó que una mano le apretaba la nuez hasta asfixiarle. Era el desastre completo; era no solamente la burla para él, sino el desprecio de su pobre Fanny, de su hija. Las risas, las coplas, venidas del comedor, le azotaban como látigos. Se levantó; á tientas buscó la salida, y se encontró de nuevo en la antesala. Dejó la puerta abierta; en la calle tiró la llave al primer agujero de alcantarilla; y subiendo á otro coche, dió las señas de su palacio. Todavía estaban iluminados los salones; Fanny, en la antesala, despedía á los convidados. Cuando desaparecieron, Rosálbez se acercó á su hija, y cogiéndola de la mano tartamudeó:
—¡Valor! ¡No te sobresaltes!... Acabo de adquirir la prueba de que el conde de Planelles no te merece; de que es un miserable, que te engaña con la última de las mujerzuelas. Te lo juro; tu padre te lo jura, acaba de cerciorarse de ello, positivamente... Jamás consentiré que vuelva á poner los pies aquí.
Y Fanny, sin replicar, blanca como su traje, balbuceó:
—Entraré en las Reparadoras.
Rosálbez vió, mirando al porvenir, una larga serie de Navidades frías y solitarias, inmenso agujero tétrico en su existencia...