—Pues llévanos á su palacio y te recompensaremos.
—¡A su palacio! El Niño está en una cuevecilla, donde solemos recoger el ganado cuando hace mal tiempo.
—Qué, ¿no tiene palacio? ¿No tiene guardias?
—Una mula y un buey le calientan con su aliento...—respondió el pastor.—Su madre y su padre, el carpintero Josef de Nazareth, le cuidan y le velan amorosos...
Gaspar y Baltasar trocaron una mirada que descubría confusión, asombro y recelo. El pastor debía de equivocarse; no era posible que tan gran rey hubiese nacido así, en la miseria, en el abandono. ¿Qué harían? ¿Si pidiesen consejo á Melchor? Pero Melchor, envuelto en la niebla, caminaba con paso firme; la Estrella no se había obscurecido para él. Hallábase ya á gran distancia, cuando por fin oyó las voces, los gritos de sus compañeros: «¡Eh, eh, Melchor! ¡Aguárdanos!» El Mago de negra piel se detuvo, y clamó á su vez: «Estoy aquí, estoy aquí...»
Al juntarse por último la caravana, Melchor divisó al pastorcillo y supo las noticias que daba del Niño rey. «Este pobre zagal nos engaña ó se engaña—exclamó Gaspar enojado.—Dice que nos guiará á un establo ruinoso, y que allí veremos al hijo de un carpintero de Nazareth. ¿Qué piensas, Melchor? El sapientísimo Baltasar teme que aquí corramos grave peligro, pues no conocemos el terreno, y si nos aventuramos á preguntar infundiremos sospechas, seremos presos y acaso nos recluya Herodes en sus calabozos subterráneos. La Estrella ya no brilla y nuestro corazón desmaya.»
Melchor guardó silencio. Para él no se había ocultado la Estrella ni un segundo. Al contrario, su luz se hacía más fulgente á medida que adelantaban, que se aproximaban al establo. Y en su imaginación, Melchor lo veía: una cueva abierta en la caliza, un pesebre mullido con paja y heno, una mujer joven y celestialmente bella agasajando á un niño tiernecito, que tiembla de frío; un Niño humilde, rosado, blanco, que bendice, que no llora. Lo singular es que la cueva, en vez de estar obscura, se halla inundada de luz, y que una música inefable, apenas perceptible, idealmente delicada y melodiosa, resuena en sus ámbitos. La cueva parece que es toda ella claridad y armonía. Melchor oye extasiado; se baña, se sumerge en la deliciosa música y en los resplandores de oro que llenan la caverna y cercan al Niño.
—¿No oyes, Melchor? Te preguntamos si debemos continuar el viaje... ó volvernos á nuestra patria, por no ser encarcelados y oprimidos aquí.
—Y vosotros, ¿no oís la música?—repite Melchor, por cuyas mejillas de ébano resbalan gotas de dulce llanto.
—Nada oímos, nada vemos...—responden los dos Magos, afligidos.