—Orad, y veréis... Orad, y oiréis... Orad, y Dios se revelará á vosotros.
Magos y séquito echan pie á tierra, extienden los tapices, y de pie sobre ellos, vuelta la cara al Oriente, elevan su plegaria. Y la Estrella, poco á poco, como una mirada de moribundo que se reanima al aproximarse al lecho un sér querido, va encendiéndose, destellando, hasta iluminar completamente el sendero, que se alarga y penetra en la montaña, en dirección de Belén. La niebla se disipa; el paisaje es risueño, pastoril, fresco, florido, á pesar de la estación; claros arroyillos surcan la tierra, y resuena, como en Mayo, el gorjeo de las aves, que acompaña el tilinteo de la esquila y el cántico de los pastores, recostados bajo los terebintos y los cedros, siempre verdes. Los Magos, terminada su plegaria, emprenden el camino llenos de esperanza y de seguridad. Una cohorte de soldados á caballo se cruza con la caravana: es un destacamento romano, arrogante y belicoso; el sol saca chispas de sus corazas y yelmos; ondean las crines, flotan las banderolas, los cascos de los caballos hieren el suelo con provocativa furia. Los Magos se detienen, temerosos. Pero el destacamento pasa á su lado y no da muestras de notar su presencia. Ni pestañean, ni vuelven la cabeza, ni advierten nada.
—Van ciegos—exclama Melchor;—y los Magos aprietan el paso, mientras se aleja la cohorte.
SUEÑOS REGIOS
———
Es de noche. Temperatura, veinte bajo cero. Fuera no se escucha el menor ruido: la nevada, cayendo en finos copos delicadísimos que mullen la atmósfera, contribuye á sostener el silencio absoluto, ahogado, que pesa sobre los jardines blancos con blancura fantástica. La nieve ha perfilado primorosamente la traza de las calles de árboles, de los macizos, de los bosquetes, de los estanques cuajados por el hielo, y cuya superficie lisa rayaron los patines en la última sesión de patinaje que tanto divirtió á la corte, porque el príncipe de Circasia se dió unas costaladas regulares. Las estatuas parecen temblar y lucen aderezos de carámbanos. Las coníferas son témpanos bordados y esculpidos. En el alcázar, las cornisas, las balconadas, las torrecillas, la monumental ornamentación de la fachada, el reloj, sostenido por Genios que representan los destinos de la casa imperial venciendo al Tiempo, van desapareciendo bajo la suave acolchadura blanca. Los centinelas, en su garita, tiritando, sintiendo que el aliento se les cristaliza primero y se les liquida después dentro del alto cuello de sus capotes militares, hieren el suelo con el pie, se acuerdan del cuerpo de guardia donde arde la estufa y se puede echar un trago de lo fermentado, y de tiempo en tiempo lanzan, al través de la nieve, su «¡Alerta!» gutural. El decorativo reloj da las doce, pausadamente, como si la hora contada por él fuese más solemne que las otras. Al reloj de fuera contestan los de dentro, desde las consolas; tienen vocecillas aflautadas y bien moduladas de palaciegos.
El emperador se estremece y se incorpora en el gran lecho incrustado de marfil, bajo las pieles rarísimas que lo mullen. Se le figura que una mano acaba de posarse en su hombro; y en efecto, á la luz de la lámpara de alabastro velada de encaje, ve una figura venerable, un viejo aureolado por larguísima barba y melenas, donde la nieve se diría que enredó sus vellones. La vestidura del viejo deslumbra; túnica de brocado de oro, manto de terciopelo violeta orlado de armiño. Una especie de mitra en que las perlas se apiñan sobre la filigrana, rodea sus sienes y comprime y hace bufar su gran cabellera nevada, que se extiende caudalosa por los hombros. En la mano lleva cincelado cofrecillo abierto, lleno de polvo aurífero impalpable.
—¿Qué me quieres y quién eres?—pregunta el emperador al anciano.
—Como de casa. Baltasar, rey de los países de Oriente—contesta el patriarca en voz temblona.
—¡Bienvenido, primo y señor! ¿Por qué viaja Vuestra Majestad en tan cruda noche? Conviene á las testas coronadas no ponerse nunca en el caso de sufrir las molestias que padecen los demás mortales. Dígnese Vuestra Majestad descansar bajo mi hospitalario techo.