—No acepto sino breves instantes, aunque vengo rendido de atravesar los dominios de Vuestra Majestad, á los cuales no se les ve el fin: deben de cubrir buena parte de la superficie del planeta.
—¡Ah!—articula el emperador, satisfecho.—¿Los ha recorrido Vuestra Majestad? ¿Se ha enterado de su extensión y riqueza? Todos los climas, todas las producciones, todas las razas, reconocen mi soberanía. Cuando paso revista á mi ejército, en él veo soldados blancos y rubios, de ojos azules; soldados de morena tez; soldados de cutis amarillo y nariz achatada; ropajes orientales y envolturas que preservan del rigor de las estaciones en los países hiperbóreos. Mi imperio produce el trigo y el zafiro, los minerales, las pieles y las maderas odoríferas; es un gigante cuya cabeza, como la de Vuestra Majestad, se baña en las nieves árticas, y cuyas manos se tienden hacia el Mediodía para abarcarlo. Y en este Imperio yo soy Dios. A mi voz las frentes se inclinan, las muchedumbres se prosternan, la plegaria por mí hace retemblar los iconostasios. Mientras el soplo del huracán juega con los monarcas occidentales, nuestros necios primos, yo, como un numen, me oculto en santuario inaccesible.
—Conozco el poderío de Vuestra Majestad. Por eso sospecho si la tarea que me ha sido encomendada resultará estéril; pero, obedeciendo, la cumplo.
—¿Qué tarea es esa, primo y señor?
—La que me ordenó realizar el Niño. Vuelvo de Palestina; regreso á mi patria, después del interminable viaje anual... ¡Es una maravilla lo lindo que está el Niño y lo dulce y honesta que es la Madre! Nada perdió su inmortal hermosura en los mil novecientos dos años transcurridos desde que por vez primera les adoré. Como siempre, les he llevado mi ofrenda: polvo de oro del Ofir. Y el Niño, después de extender sus manitas, que besé, y bendecir el oro, me ha dicho que lo espolvoree por el suelo, allí donde vea que el hombre atenta á la libertad del hombre.
—¿Conque esas mañas saca el Niño?—tartamudeó el emperador.—¡Por cierto que lo educan bien mal su Madre y el carpintero, gente baja al fin, aunque descienda de la casta de nuestros augustos primos los reyes de Judá! Vuestra Majestad, con la experiencia que le dan los años, habrá comprendido que no debe cumplírsele al Niño ese antojo.
—No es posible desobedecerle, primo y señor—declaró gravemente el Mago.—He espolvoreado la enorme porción de tierra donde reina Vuestra Majestad, aunque confieso que dudo de ver germinar cosa alguna sobre la dura capa de hielo que la reviste. Sin esperanzas voy derramando polvillo de oro; y la verdad, hace un instante, en los jardines de este palacio, al caer el dorado polvillo, creí que el suelo se estremecía y se agrietaba la capa de nieve. Tembló la tierra; me pareció que un ruido cavernoso resonaba allá dentro. ¿Está seguro Vuestra Majestad de que no se halla minado su palacio?
—Vuestra Majestad es quien lo mina, y será preciso impedirlo;—contesta enérgicamente el emperador, hiriendo un timbre.
Aparece la guardia. El viejo toma una pulgarada de polvillo, lo arroja á los ojos de los soldados y pasa por entre ellos libre y majestuoso.
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