Otro efecto de nieve sobre jardines y palacio real, pero nieve ya cuajada y que empieza á derretirse formando un barro sucio y negruzco. En el alcázar se ven todavía luces: ha habido en el comedor de diario espléndida cena de familia, alegres y cariñosos brindis, y el emperador, rendido de recibir toda la tarde felicitaciones, después de bendecir á sus hijos, que uno por uno le han besado la mano respetuosamente, y de abrazar con afecto á la fecunda emperatriz, se tiende en su estrecha y dura cama de campaña, única donde concilia el sueño, á causa de la costumbre.
Apenas empieza á aletargarse, le llaman con un ¡Pssit! muy bajo, y á la claridad de la lamparilla divisa á un hombre en la fuerza de la edad, envuelto en ropón de púrpura, bajo el cual se parece una armadura de admirable trabajo. Rodea sus sienes una corona de picos; en su diestra alza rico pomo de mirra de fuerte aroma, acre y embriagador.
—¿Qué desea Vuestra Majestad, señor rey Gaspar?—pregunta el emperador que, conociendo al viajero, salta de la cama y saluda militarmente.
—Felicitar las Pascuas á Vuestra Majestad y confiarle un secreto.—Es el caso que el Niño, ¿no sabe Vuestra Majestad? ¡el Niño, á quien todos los años voy á visitar en su establo, para beber en sus ojos de violeta la sabiduría! después de jugar con esta mirra que le ofrecí y de arrojar sobre ella su aliento celestial, me manda que gota á gota la esparza por el suelo de los países donde el hombre tenga sed de la sangre del hombre. Y al caer gotitas de esta mirra, primo y señor, observo que la tierra, encharcada y pegajosa, se esponja, se entreabre, y nacen y surgen y crecen olivos, rosas, mirtos, centeno, lúpulo, viñas cargadas de racimos. ¡Ah! Es un gran portento la tal mirra. Y á mí, señor y primo, la armadura me asfixia, el corazón no me cabe en ella. Permítame Vuestra Majestad que salpique de mirra su cabeza augusta.
—¡Qué diantre! ¡Cosas de chiquillos!—gruñó el emperador.—Cuando el Niño crezca y se aparte de las faldas y del regazo materno, diferentes serán sus caprichos. No hay nada más santo que la guerra. Dios mismo guía á los ejércitos é infunde á los caudillos arrojo y tino para asegurar la victoria. Sobre el campo de batalla se cierne el Arcángel con sus alas salpicadas de rubíes y su gladio flamígero. El soplo divino hincha mi pecho apenas lo cubre la coraza rutilante. Esto no se les alcanza á los niños ni á las mujeres; convenido. Nosotros, pastores de pueblos, jefes de razas, sonreímos ante ciertos arranques de debilidad graciosa.
—Debo hacer lo que me mandan—insiste Gaspar.
Y tomando unas gotas de mirra, las dispara á la frente del emperador. Este exhala un suspiro; se deja caer en el lecho de campaña, y ve en sueños una pirámide de huesos humanos, blanca y pulida, altísima. Sobre la cúspide, un cuervo grazna plañideramente, hambriento, erizado el plumaje; y al pie, en las ramas de un olivo nuevo, dos palomas se besan, juntando los picos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
En el patio del alcázar, sobre el gran pilón de pórfido sostenido por leones, recae el agua, melodiosa, con dulce porfía. La luna ilumina las arcadas afiligranadas, juega en las charoladas hojas de los naranjos, descubre el reflejo pálido de sus pomas de oro. Dos esclavos velan el sueño del emir, que reposa vestido sobre un diván, cubierto con una manta de fina pluma de avestruz—porque la noche está algo fría y la helada ha endurecido los caminos del desierto—y apoyando el pie en la garganta de una mujer desnuda, que hace de cogín y presta calor más grato que el de la manta.
Elegante figura se desliza por entre los esclavos, invisible. Es un negro joven, esbelto, de robusta y acerada musculatura, de piernas nerviosas encerradas en calzas prietas y salpicadas de lentejuelas como las que ostentan los donceles en los cuadros de Carpaccio; una sobrevesta de tisú de plata acusa sus formas; un cinturón de pedrería sostiene sobre su vientre enjuto soberbio puñal; encima de sus cabellos crespos se ladea un gorro de velludo carmesí, y bajo el ala luce diadema de brillantes. El gallardo negro se inclina hacia el emir y le baña el rostro con una bocanada del incienso que humea en un incensario calado, pendiente de cadenillas de perlas. Sobresaltado, el emir despierta, echando mano á su gumía.