—No temas, soy Melchor, que como tú ejerce el mando en tribus del desierto y posee palacios misteriosos, que parecen labrados por los genios del aire. Vengo á cumplir órdenes del Niño Yesuá, hijo de Leila Mariem.

—¿Y qué te ordena ese profeta infiel?—exclama el emir con desprecio.

—Columpiar este incensario en todos los países donde el hombre trate á la mujer como esclava y no como compañera.

Ríese el emir, mostrando sus blancos dientes de chacal entre la negra y sedosa barba.

—Pues vuélvete á tierra de rumíes, Melchor. También allí necesitan el perfume de tu incensario. Pero antes, reposa. Eres mi huésped; voy á ordenar que te preparen un baño con agua de rosas dos bellas cautivas.

Y el Emir se incorpora, dando con el pie á la mujer en cuya garganta lo tenía apoyado.

LA VISIÓN DE LOS REYES MAGOS

———

(Los Reyes Magos regresan á su patria por distinto camino del que vinieron, á fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la estrella no les guía ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y á lo lejos resuena el cavernoso rugir de un león.)

Baltasar (acariciándose la nevada y luenga barba y moviendo la anciana cabeza á estilo del que vaticina).—No sé lo que me sucede desde que me puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al Hijo de la Doncella, que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecí al Niño para reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han de rendir! Tributos percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos, decenas de siglos, generación tras generación, y los percibirá de todo el universo, de toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrirán para aclamar su nombre. El oro que le he presentado era poco; apenas llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y veo que al Niño se le erigen templos de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro en torno de los cuales oscilan blancos flábulos de plumas con mango de oro, y que ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo también, incrustada de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la tierra, corren á los pies del Niño: y lo más extraño es que el Niño los contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno de su Madre. ¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le agradará á la criatura celeste el símbolo de la autoridad real? Temo que mis dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.