Gaspar (enderezándose sobre su montura, requiriendo la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos).—Patriarca de los Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es vil mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de su morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que pudo complacer al primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca; yo mirra, por hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será su mejor título. La mirra, amarga como el vivir y como el vivir sana y fortificante; he ahí lo que conviene á quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis que se puede ser grande y noble y fuerte sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis á mí, ¡oh, sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con tentaciones horribles, me he visto mil veces en manos de mis enemigos y el soplo del martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y sabrosa amargura y quizás su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, Baltasar, pero le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, sometiendo á su yugo á la humanidad, sufriendo y regando con sangre una palma. Bien hice en traerle mirra.

Melchor (tímidamente, con humildad profunda).—Yo no sé si habré acertado, y, sin embargo, por la alegría que me inunda, presumo que el Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le obsequiaste con oro, considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra, teniéndole por hombre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, el etiope de negra tez, le ofrecí unos granos de incienso, pues mi corazón le presentía Dios.

Baltasar y Gaspar, atónitos.—¡Dios!

Melchor (con fe y persuasión ardiente).—Sí, Dios. Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas á sus pies y redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la obscura raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le reconocéis así al pronto, porque es un Dios diferente de los Dioses que van á morir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona, y sólo con acercarme á Él noto en mi corazón una frescura inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica. Así que llegue á mi reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos, condonaré los tributos, daré libertad á mis concubinas y me pondré desarmado en medio de la plaza pública á confesar mis yerros y á que mis enemigos, si lo desean, tomen venganza de mí.

Baltasar.—Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se asemeja á la locura.

Gaspar.—No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me parece afeminada, impropia de un Rey.

Melchor.—No sé defenderla con razones. Hago lo que siento.

Baltasar.—Mi dádiva era preciosa.

Gaspar.—La mía era digna y noble.

Melchor.—La mía expresa mi pequeñez y sólo significa adoración.