Conrado, entonces, tampoco se asombró, tampoco se creyó juguete de un delirio. Al contrario: se penetró de que estaba asistiendo, no á un drama, á la representación de la verdad misma. Aquella escena, aquella triple crucifixión, y sobre todo una de las cruces, la llevaba él dentro desde los primeros días de la niñez. Si había sufrido, era cuando, teniéndola en sí, no podía verla ni contemplarla; cuando se le desvanecía, como se desvanece el rostro de una persona querida al querer reconstruirlo cerrando los ojos... ¡Qué felicidad, poseer de nuevo la visión—clara, concreta, firme, indubitable—de la Cruz; no una cruz de oro, plata ni bronce, sino la Cruz viva, el madero al punto en que lo calienta el calor del Cuerpo divino y lo empapa la Sangre redentora! Conrado, sin aliento, de tan aprisa como iba, seguía al grupo, subiendo la agria cuesta, hollando el seco polvo y los abrojos espinosos del siniestro Gólgota, salpicado de blancos huesos humanos que calcinaba el sol... Su afán era colocarse cerca de la Cruz, ver la cara del Salvador en la suprema hora.
Era difícil la empresa. Bullía cada vez más compacta la muchedumbre. Como sucede en sueños, á cada obstáculo que Conrado lograba vencer, surgían otros mayores, insuperables. Nadie le quería abrir paso. Pastores de la sierra, tratantes y tenderillos de la ciudad, mujeres harapientas con niños famélicos en brazos, fariseos altaneros, esenios pálidos y compadecidos, hijas de Jerusalén, modestas burguesas que bajaban los ojos llenos de lágrimas al ver las torturas del Maestro, y por último, los soldados á caballo, enhiesta la lanza, se atravesaban para impedir que nadie salvase el círculo de cuerda y estacas que rodeaba los patíbulos. Conrado suplicaba, cerraba los puños, quería infiltrarse, llegar hasta la cruz central, más alta que las otras, donde colgaba Jesús; quería verle vivo, antes del momento en que, doblando la cabeza, exclamase: «Todo se acabó.» Una angustia profunda se apoderaba de Conrado. ¿Lo conseguiría cuando ya el Salvador hubiese muerto? Y bañado en sudor, anhelante, afanoso, corría, corría en dirección á la cima del cerro, que siempre se le figuraba más distante.
Sus ojos divisaron entonces á una mujer abrazada al árbol mismo de la Cruz; y sin reparar que la mujer estaba casi desvanecida de congoja, fijándose sólo en que á aquella mujer también la conocía, gritó con esfuerzo:
—¡María, María de Nazareth!, alárgame la mano, que quiero llegar hasta tu hijo.
Y María de Nazareth, temblorosa, con los ojos inflamados, trágica la actitud, se adelantó, alargó la mano, cubierta por un pliegue del manto, y Conrado, inmediatamente, se halló al pie del madero, tan cerca, que el ruido del afanoso resuello del moribundo se le figuraba un huracán. Sin embargo, pensó con gozo:
—¡Vive! ¡Vive! ¡Puede escucharme todavía!
Y alzando la frente, doblando las rodillas, poniendo la boca sobre el palo ensangrentado, cerca de los sagrados pies, Conrado suspiró:
—¡Jesús, Jesús, no me abandones!...
Y ¡oh asombro!; una voz dulce, empapada en lágrimas, respondió desde arriba:
—Tú eres el que me abandonaste hace años, Conrado. ¿No te acuerdas?