Profundo sacudimiento experimentó Conrado. Un agudo cuchillo de pena, de contrición, se clavó en su pecho. Miró hacia lo alto con ansia: Jesús ya había inclinado la cabeza; el sol se velaba tras negrísima nube; la tierra se estremecía convulsa; á las plantas de Conrado se abrió una grieta horrible, casi un abismo... y el pecador, atónito, cayó con la faz contra el polvo y las rocas descarnadas...
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Al despertarse Conrado de su largo sueño artificial, Preciosa estaba allí, vestida de negro, pero linda, fresca, reposada, espiando el instante de estrechar en sus brazos al durmiente. Éste se incorporó, aturdido aún, sin darse cuenta de lo que le sucedía... Preciosa, sonriendo, quiso halagarle, ser para él la vida que renace al borde de una sepultura. Conrado, sin aspereza, la rechazó; y á paso mesurado, firme, sin tambalearse ya, despejada la cabeza, salió á la antecámara, abrió la puerta, la cerró de golpe y corrió á la calle... Una brisa suave acarició sus sienes. Era la mañana del Domingo de Resurrección.
LA ORACIÓN DE SEMANA SANTA
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El último chá de Persia, que, según nadie ignora, murió á manos de un fanático, tuvo en su historia una página de muy pocos conocida, y yo la ignoraría también á no referírmela una viajera inglesa, de esas mujeres intrépidas é infatigables que registran con emoción y curiosidad los más apartados confines del planeta. Cómo se las arregló miss Ada Sharpthorn (que así se llama la inglesita) para obtener la confianza y casi la privanza del chá, y penetrar en la cerrada magnificencia de su palacio y conocer íntimamente á sus allegados, áulicos, cortesanos y generales, es punto de difícil investigación; pero seguramente, al aspirar á este resultado, no se valió miss Ada de ningún medio reprobable, pues compiten en esta valiente exploradora la decencia y pulcritud de las costumbres con la austeridad del criterio moral y la delicadeza de la conducta. Si miss Ada gozó privilegios desconocidos en Persia, debe atribuirse á la tenacidad que sabe desplegar la raza anglo-sajona para conseguir sus propósitos—tenacidad que va haciendo á esa raza dueña del mundo.
Contóme miss Ada el episodio que voy á narrar la tarde del Jueves Santo, mientras recorríamos las calles de Avila visitando Estaciones. En aquellas calles que todavía recuerdan por varios estilos la Edad media española, el nombre de Persia sonaba como el de un país fantástico, de juglaresca leyenda ó de romance tradicional; costaba trabajo admitir que existiese. Quizás la misma irrealidad de Persia en la pacífica atmósfera de la ciudad teresiana, acrecentó el interés de los extraños recuerdos de viaje que evocaba miss Ada, y que intentaré trasladar al papel sin alterarlos.
«Nasaredino—empezó la inglesa—era un monarca absoluto, á quien sus vasallos llamaban sombra de Dios, y que disponía de haciendas y vidas, con dominio incondicional. No sé si ahora se habrá modificado el régimen interior de Persia; entonces—y son épocas bien recientes—no había allí más ley que la omnímoda voluntad de Nasaredino. Para mayor desventura de sus súbditos, el chá no conocía el cristianismo, ó por mejor decir, no quería conocerlo, ni permitía que se propagase en sus Estados opinión alguna que se apartase del código de Mahoma. Quizás comprendía que Cristo nuestro Señor es el verdadero enemigo de los déspotas, y que la libertad y la dignidad humana tuvieron su cuna en el humilde establo de Belén.