»Esta misma intransigencia del chá con nuestra santa religión me incitó á probar si le atraía al terreno de la controversia, á fin de combatir sus errores. Aprovechando la rara amabilidad con que me acogía, me dediqué á catequizar á Nasaredino, y buscando el flaco de su orgullo, comencé por pintarle la gloria y prosperidad de naciones cristianas como Francia y la Gran Bretaña, superiores en las mismas artes de la guerra á las naciones sujetas al fanatismo musulmán. Mis argumentos parecían hacer mella en el monarca; á veces le ví quedarse pensativo, acariciando la negrísima y puntiaguda barba, con los rasgados ojos de pestañas de azabache fijos en el punto imaginario de la meditación. No era un necio; ciertas ideas le movían á reflexionar; ciertos problemas se le imponían á pesar suyo, al través de su oriental indolencia y su soberbia de dueño absoluto de muchos millones de seres racionales.—Despaciosamente, en correcto inglés, solía, transcurrido un rato, contestarme, no sin alguna inflexión de desprecio en su voz grave y bien timbrada:
—»Jamás me convenceré de que sean heroicas y viriles naciones que se postran ante un Dios humilde, muerto en un suplicio afrentoso. El gran atributo de Dios es el poder y la fuerza. La única explicación que encuentro á ese enigma es que vuestras naciones se llaman cristianas sin serlo realmente, y cuando funden cañones y botan al agua barcos blindados, niegan á su Dios con los hechos, aunque le reconozcan con la palabra. Y porque lo niegan han logrado el predominio que ejercen. Si se atuviesen á la letra de su fe, como nos atenemos nosotros á la nuestra, nosotros les pondríamos la planta del pie sobre la garganta.
»Al hablarme así Nasaredino, dejábame confusa. Pertenezco á las Ligas del desarme y de la paz universal, y confío más en la energía del amor y de la fraternidad, que en todos los ejércitos de Europa reunidos. Mas ¿cómo hacer entender la verdad á un bárbaro, y á un bárbaro que se cree un semidiós? Sin embargo, lo intenté. A mi manera, empleando los razonamientos que me sugirió la convicción, le dí á entender que la misma fuerza material necesita fundarse en la moral, y que sin base de derecho y razón se derrumba toda soberanía. Y pasando á tratar de nuestro Dios, le afirmé que precisamente el haber sufrido y muerto como murió fue esplendorosa muestra de su sér divino. El chá, moviendo la cabeza, me contestó entonces esta atrocidad:
—»De esa misma manera que pereció tu Profeta, sucumbe todos los días alguno ó muchos de mis vasallos. Y ni aun así conseguimos acabar con la perniciosa secta de los babistas, cuyas doctrinas se asemejan á las de vuestros Evangelios.
»Lo confieso—exclamó miss Ada al llegar á este punto:—tan horrible declaración me trastornó, y estuve á pique de prorrumpir en invectivas contra el tirano. Me reprimí trabajosamente, y Nasaredino, de pronto, como si se hubiese olvidado del giro de la conversación, me anunció que al día siguiente se verificaría una representación teatral en los jardines de palacio, y que me convidaba á ella.
»Son estas funciones dramáticas espectáculo favorito de los persas, y todos los viajeros las describen: se celebran de noche, á la luz de los farolillos y linternas y de las hachas encendidas, y el telón de fondo lo da hecho la naturaleza: una cortina de árboles, un macizo de flores, una fuente, un ligero kiosco, constituyen la decoración. Habituada á asistir á tales funciones, me sorprendió, sin embargo, el aspecto del escenario y el golpe de vista del concurso. En primer término, sillones para el chá y los altos dignatarios: detrás, la servidumbre, la multitud de funcionarios y parásitos que pululan en el palacio infestando sus galerías, claustros, patios y salones. A la izquierda, una especie de tribuna ó palco cerrado por rejas de madera dorada y pintada de colorines—desde el cual presenciaban la función, ocultas á los ojos de todos, las esposas de Nasaredino.—Con extrañeza noté que no se había invitado á ningún diplomático; la única extranjera, yo. Mi sillón, colocado muy cerca, aunque un poco atrás del soberano, era un puesto altamente honorífico.
»Al empezar la representación, desde las primeras escenas, percibí un estremecimiento. Yo no podía entender el idioma en que se expresaban los actores, y que es una especie de dialecto persa muy literario y arcaico—el habla misma, bella y sonora, que empleó el poeta Firdusi;—pero aun sin inteligencia de las palabras, me parecía darme cuenta del sentido, y hasta creía que era familiar para mí, como algo que hubiese escuchado mil veces, y otras tantas llevado en mi corazón. Las escenas del drama me recordaban cosas íntimas, vistas, por decirlo así, al través de un vidrio turbio y roto que desfiguraba los objetos, alterando sus colores y rasgos sin ocultarlos enteramente.—Al final del primer acto (llamémosle así; la transición consistía en extender un riquísimo paño por delante del escenario, y dejarlo caer á los cinco minutos), y mientras nos presentaban amplias bandejas cargadas de golosinas, refrescos y sorbetes, de súbito vi claro: el asunto del drama no era sino la vida de Jesucristo, interpretada á estilo persa.
»Se apoderó de mí una tristeza involuntaria. Temía una profanación, una burla, cualquier desmán que hiriese mis sentimientos, y hasta que pudiese obligarme á faltar al respeto al monarca levantándome y retirándome. En voz baja le pregunté si creía que me sería posible permanecer allí; y el chá, con lenta inclinación de cabeza, me tranquilizó; después, volviéndose hacia mí, murmuró seriamente, con toda su oriental majestad:
—»No temas ofensa alguna para tu fe, ni para tu gran Profeta.
»En efecto, las páginas principales de la sagrada Vida iban desarrollándose más ó menos ingenua y peregrinamente interpretadas, pero con profundo sentido de veneración y de simpatía hacia el Salvador de los hombres. Jesús aparecía niño, jugando en el atrio del templo; después le veíamos predicar á las multitudes; presenciábamos la tentación en la Montaña, el diálogo con Eblis, genio del mal, y por último, en el tercer acto, penetrábamos de lleno en el drama de la Pasión, al ser preso Jesús en el Huerto, no sin que se trabase ruda y encarnizada batalla entre los discípulos y los sayones, que todos iban armados hasta los dientes, con kanjiares, puñales, pistolas inglesas y espingardas, y dispararon hasta agotar la pólvora, siendo esta parte de la función, gracioso anacronismo, lo que más parecía entusiasmar al auditorio. Era indudable que el papel de traidores lo desempeñaban los enemigos de Jesús, lo cual se traslucía hasta en el modo de vestirse y de caracterizarse los actores, siniestros y feroces, antipáticos de veras.