»Al principiar el acto cuarto, que debía ser el último, el actor que desempeñaba el papel de Jesús apareció atado á una columna de jaspe, y empezó la escena de la flagelación, que desde el primer instante me crispó los nervios. Supuse que se trataba de un juego escénico, pero así y todo salté en el asiento, y me tapé los ojos con el pañuelo disimuladamente. Era el actor un hombre joven, como de unos veintiocho años, de noble tipo semítico; llevaba los negros cabellos crecidos y partidos en bucles, y en la escena de la tentación, dialogando con Eblis, había tenido acentos llenos de dignidad, de desdén y de dulzura, conmovedores hasta para los que no entendíamos los conceptos. Ahora, amarrado á la roja estela, con el torso desnudo y el rostro respirando un entusiasmo misterioso, una sed de sufrir, revelábase sin duda como trágico genial—tanta era la verdad de su ficción, la expresiva fuerza de su actitud.—Por lo mismo no quería verle: me conmovía demasiado. El silbido de las cuerdas y de los látigos rasgó el aire; escuché cómo sonaban al herir la carne viva, y hasta oí un sofocado gemido, que semejaba involuntario... Y la voz del chá, su acento de mando, grave y sin embargo cortés, me obligó á atender á pesar mío, diciéndome en inglés, con irónica entonación:
—»No te niegues á mirar. Lo que sucede ahí no es farsa, sino la realidad misma. Persuádete de lo fácil que es padecer resignadamente y hasta con gozo. El papel de tu Profeta lo está desempeñando á lo vivo y sin protestar un babista condenado á muerte... Ya le verás crucificar después.
»El grito que exhalé debió de ser terrible; como que se detuvieron los verdugos, y Nasaredino me fulminó una ojeada severa, tétrica, imponente. Otra mujer se hubiese acobardado; pero una inglesa, en caso tal, saca de su orgullo de raza y de su cristianismo fuerza bastante para no arredrarse aunque se le viniese encima el mundo. No sé lo que dije al chá: primero creo que le anuncié una cruzada de las naciones civilizadas contra sus reinos y su poder, y le vaticiné venganzas humanas y cóleras del cielo; mas como el tirano permaneciese impasible y aún firme y aferrado á su crueldad, una inspiración me sugirió que la causa de Jesús ha de sostenerse por medio de la piedad y de las lágrimas, y arrojándome de súbito á los pies de Nasaredino, cogiendo sus manos llenas de anillos magníficos, las besé, las mojé con llanto, las sujeté, las apreté, hasta que una voz, á mi parecer descendida del cielo, murmuró casi en mis oídos:
—»Levántate, extranjera. Serás complacida. Te regalo la vida de ese perro.
»No sé lo que respondí. Debieron de ser extremos de júbilo tales, que el grave y pálido rostro del chá se iluminó con una fugitiva sonrisa, y su mano derecha, salpicada de mi lloro, que resplandecía sobre las sortijas de piedras, se extendió en imperativo ademán, comprendido instantáneamente por los que torturaban al desdichado, ya cubierto de sangre. No era sólo la vida, era la libertad lo que le otorgaba aquel gesto mudo, y en el exceso de mi alegría, echéme á llorar otra vez...»
Al llegar aquí guardó silencio la inglesa, y yo sólo acerté á preguntar:
—¿Y qué fue del hombre á quien usted salvó?
—Ese hombre...—balbuceó miss Ada,—dos años después... asesinó á Nasaredino... ¡Sí, el mismo, el perdonado!... Ya ve usted cómo no hay en el mundo sino una verdad, que es la verdad de Jesús... Para un cristiano, sería sagrado el hombre que supo perdonar, siquiera una vez. Y yo, desde entonces, particularmente estos días de Semana Santa, rezo siempre por el que me regaló una vida; imploro á Dios como imploré al rey absoluto, que al fin me escuchó y se ablandó... Tal vez sea una ilusión rezar por Nasaredino, pero ilusión que me consuela.
—Y por el matador, ¿no reza usted?—interrogué cuando nos detuvimos ante el bello pórtico de la catedral.
—¡También debo hacerlo!—exclamó miss Ada después de vacilar un instante.