—Gracias, señor; mil gracias.
Confuso, disculpé mi rasgo:
—Yo no podía consentir aquella barbaridad. De seguro que usted no es espía, señora; acaso ni es usted americana siquiera. Inglesa, ¿verdad?
—¡Ah! No, señor. Soy, en efecto, yanqui.
Y al notar que me estremecía, añadió alzando el brazo y cogiendo su saquillo:
—Pero no soy espía. Vea mi álbum y mis dibujos.
Hojeé el álbum. Estaba atestado de apuntes arquitectónicos y croquis de tipos pintorescos: una ventana florida, una reja salomónica, un borriquillo, un paleto...
—¿Es usted artista?
—Muy poco... mera afición... Por mi oficio soy tipógrafo. Trabajo... es decir, trabajaba en una imprenta de Boston... Ahora no sé qué haré.
Mi curiosidad se inflamó. Adiviné un misterio, y me prometí aclararlo. La voz de mi protegida tenía tan blandas inflexiones, sus pupilas estaban tan húmedas de gratitud al encontrarse con las mías, que pensé: «Por un momento eres dueño de esta mujer. Aprovecha este instante y sorprende su alma, desdeñando el barro que la envuelve; es más gloriosa siempre una conquista del espíritu.» Con diplomacia suma, murmuré inclinándome: