—No. Temo que crea usted que quiero cobrarme de tan insignificante servicio como el que tuve la suerte de prestarla...

La extranjera calló; pero un tinte rosado, vivo, fluído, se esparció por su marchito rostro, embelleciéndolo... Era un arrebol de alegría, de ilusión, de agradecimiento pasional ante frases de galante respeto que acaso por vez primera resonaban en sus oídos. La vi llevarse la mano al corazón, y, fingiéndome distraído, noté que me miraba de un modo expresivo, afanoso. La voz de plata se elevó conmovida:

—Pues prefiero contarle lo que me pasa, si no le molesta... Tal vez, después de oirme, ya no me tendrá nunca por una espía.

Solícito y demostrando rendimiento me acerqué, no sin arrojar antes el cigarro que acababa de encender en aquel instante.

—No soy espía—declaró ella lentamente—y no puedo serlo, porque detesto el sentimiento patriótico, opuesto á la fraternidad universal. La guerra entre naciones... la repruebo. ¡Los pobres luchando y muriendo... los poderosos recogiendo el honor y el fruto...! Sin embargo, señor... á esa gente que me insultaba, la perdono; comprendo su ceguedad; casi admiro su furia... ¿Qué pensarían, si supiesen...?

Aquí se detuvo, y apoyando uno de sus dedos huesudos sobre los labios, me recomendó discreción acerca de lo que iba á revelar.

—Si supiesen... que vengo trayendo un ramo de oliva al través del Atlántico... á proponer la alianza de los oprimidos y los miserables de allá á los de aquí! Mi conocimiento del español, debido á que pasé años de mi niñez en Méjico, hizo que me escogiesen para esta misión... He explorado el terreno en las comarcas obreras y mineras...

Después de breve pausa, prosiguió:

—Va usted á oir una cosa rara... En España casi he perdido la fe, mi fe... No veo la urgencia de ciertas medidas que allá aplicaremos inmediatamente, antes que crezca el monstruo del militarismo y la fuerza nos subyugue. Aquí no existen esas horribles desigualdades, esas colosales desproporciones entre la suerte de los hombres. Aquí no noto la tiranía del dinero ni la insensatez del gastar y del gozar, basada en la brutalidad ciega del millón de millones. Aquí no hay Cresos que, como nuestro Rockfeller... ¿no sabe usted? el rey del petróleo... ó Astor, el rey de las minas... sudan oro y se burlan de Dios... En nuestro país domina la abominación de la riqueza... se alza el ídolo de metal... y allí, y no aquí, es donde la justicia debe hacer su oficio... ¡Y justicia haremos! ¡Se lo prometo á usted! ¡Y pronto! ¡Ah! ¡España! Yo la adoro... Es muy pobre, muy noble, muy simpática, muy sencilla... ¡Nada contra España! Este será mi consejo, señor... Aquí no he encontrado la miseria negra... No siento impulsos de destruir... ¡y soy tan feliz, tan feliz! ¡Si usted supiese...!

Irradiaban las pupilas de la sectaria, y su pecho liso y sin morbidez anhelaba, palpitaba de entusiasmo. Comprendí el error que había hecho confundir á la fanática de la humanidad con la fanática del patriotismo, á la insatisfecha con la espía. Entretanto el tren avanzaba, tragando estaciones, y caía voluptuosamente la bella tarde de Mayo; olor de hierbas y matas florecidas entraba por la ventanilla abierta, y ya la luna, dibujando sobre el verde fino y el oro amortiguado del cielo su ligera segur de plata, añadía un toque poético á la deliciosa paz de la Naturaleza, indiferente á nuestras agitaciones y nuestras luchas, á los grandes dolores colectivos ó individuales... Mi compañera había enmudecido, y vuelta, contemplaba el paisaje: nos acercábamos al cruce; casi nos deteníamos... Ella se encaró conmigo, y exaltada, en pie ya para bajarse, repitió: