—¡España! ¡Qué hermosa! ¡Vivir aquí... vivir aquí!
En rápido é imprevisto arranque, sentí su cara pegada á la mía, el calor de sus mejillas halagando mi sién... Después empujó la portezuela, y al saltar al andén, siempre muy agarrada á su raído saquillo, todavía me gritó con la solemnidad de misteriosa promesa y el ceño fruncido por sombría amenaza:
—¡Adiós... Vuelvo allá... vuelvo á mi tierra!
EL CATECISMO
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Hasta las diez duraba la velada de familia, y Angelito regateaba siempre cinco minutos ó un cuarto de hora, refractario á acostarse, como todos los niños en la edad de seis á siete años, cuando empieza á alborear la razón. Mientras Rosario, la madre, cosía sin prisa, levantando de tiempo en tiempo su cabeza bien peinada, su cara sonriente, que la maternidad había redondeado y dulcificado por decirlo así, Carlos, el padre, daba lección al muchacho. «Si había de perder el tiempo en el café...» solía responder como excusándose, cuando los amigos, en la calle, le embromaban, soltándole á quemarropa: «Ya sabemos que te dedicas á maestro de primeras letras...»
La verdad era que Carlos se había acostumbrado á la lección, á la intimidad dulce de las noches pasadas así, entre la mujer enamorada y contenta y el niño precoz, inteligente, deseoso de aprender. Fuera, la lluvia caía tenaz, el viento silbaba, ó la helada endurecía las losas de la calle; dentro, la lámpara alumbraba cariñosa al través de los rancios encajes de la pantalla, la chimenea ardía mansamente, y la atmósfera regalada y tranquila del gabinete se comunicaba á la alcoba contigua, nido de paz y de ternura, tan diferente de las sombrías y hediondas madrigueras donde solían agazaparse los amigotes de Carlos,—los mismos que se creían unos calaverones y se burlaban solapadamente del padre profesor de su hijo.
Aquella noche Angelito estaba rebelde, distraído, desatento á la enseñanza. Al leer se había comido la mitad de las palabras, y obligado á volver atrás y repetir lo saltado, su vocecilla adquirió esos tonos irritados y chillones que delatan la cólera pueril. Al escribir hizo la trompeta con el hociquito, engarrotó el portaplumas, echó más de una docena de calamares en el papel, y por último estrelló la pluma en un movimiento precipitado, y la tinta saltó hasta la blanca labor de la madre, que exhaló un grito de sorpresa y enojo. Carlos miró á su mujer, y meneó la cabeza y se tocó la frente como significando: «No sé qué le pasa hoy á esta criatura.» Y Rosario, levantándose, cogió al rapaz en el regazo y le dirigió las inquietas interrogaciones maternales. «¿Qué tienes, vida? ¿Te duele algo? ¿Es sueño? ¿Es pupa aquí, aquí?» Y le acariciaba las mejillas y las sienes, tentando por si sorprendía el fuego de la calentura. ¡Enferma tan pronto un niño!
No encontrando calor ni ningún síntoma alarmante, Rosario engrosó y endureció la voz.
—Vas á ser bueno... Ya sabes que no me gustan los nenes caprichosos... El pobre papá se pondrá malito si le haces rabiar; después tienes tú que cuidarle á él y que llevarle las medicinas á la cama... Vamos, Angel, á concluir las lecciones; aún te falta por dar el Catecismo...