Angel, sin responder, miraba fijamente á un rincón obscuro del cuarto. La contracción de su carita, la inmovilidad de sus ojos de un azul fluído y transparente, delataban una de esas luchas con ideas superiores á la edad, que devastan y maduran á la vez el tierno cerebro de los niños.

—Mamá—respondió por fin muy despacio, como si hablase en sueños:—¿y el tío Alejandro, no viene nunca?

La madre se estremeció. El recuerdo del hermano que estaba en la guerra con su regimiento la asaltaba también á Rosario muchas veces en medio de su ventura doméstica, y se la envenenaba con el temor de que á la misma hora en que ella descansaba entre limpias sábanas, cerca de unos brazos amantes, pudiese Alejandro yacer cara al sol, con el pecho taladrado y las pupilas vidriadas para siempre.

—¿No viene nunca tío Alejandro, mamá?—repitió el chico con ese acento infantil que anuncia llanto.

—Vendrá si Dios quiere, hijo mío—respondió la madre con rota voz, apretando contra el seno á la criatura.

—¿Cuándo vendrá? Papá, ¿cuándo? ¿Vendrá esta semana, di?

—No sé, querido—exclamó el padre.—A ver, la cartilla. Que es tarde, muñeco.

—¿Pero cuándo? papá. ¿Por qué no lo sabes tú?

—Porque hasta que se acabe la guerra, mi cielo... hasta que se acabe, tío Alejandro no puede venir.

Los ojos de turquesa del niño se obscurecieron á fuerza de concentración y de ímprobo trabajo para entender.