—También la Virgen; sí, mamá del cielo es la patria.

—¿Y tío Alejandro quiere á la patria?

—Ya ves—interrumpió Rosario sin ocultar la emoción que empañaba sus ojos.—El pobre tío la quiere mucho. Como que se expone á que le den un tiro y á morirse así, de pronto, figúrate tú. Reza, hijo mío, reza, para que no maten al tío.

El niño calló, reflexionando laboriosa, casi dolorosamente.

—¿Y los que no van á la guerra no mueren nunca?—preguntó al fin, siguiendo el hilo de su temprana lógica.

—También mueren.

—Entonces quiero ir á la guerra cuando sea grande—declaró con energía el pequeñuelo.—Y quiero que tú vayas, papá. Al fin hemos de morir, ¿no? Pues morir por eso... por eso... Por mamá del cielo, ¡por la patria!

Un silencio siguió á las palabras del niño. Los padres se miraban, mudos, penetrados de un respeto extraño, como si la voz del inocente viniese de otras regiones, de más arriba. Y al cabo de unos instantes, Carlos dijo á su mujer:

—Acuéstale. Son las diez largas.

—¿Y la lección del Catecismo?