—Sí.
—Y entonces, ¿por qué no estás tú en la guerra? Tú eres grande, grande.
—Porque no soy militar—dijo el padre contrariado, algo mortificado, (como si aquellas palabras no las hubiese articulado una lengua de seis años,) y hablando para convencer.—Tío Alejandro es militar; ya sabes que vino á enseñarte el uniforme. Los militares estudian para eso, para defender á la patria...
—La patria...—repitió el niño, impresionado por el tono enfático y grave con que Carlos pronunció la palabra.—La patria... ¿es aquí?
—Aquí... ¿dónde?
—En nuestra casita.
—No... es decir, sí... Nuestra casa está en la patria, pero la patria es mucho más... son todas las casas que ves en el pueblo y en otros pueblos, ¡tantos, tantos! Y es además la tierra, y los bosques, y las aldeas, y Madrid, y todo...
—¿Y las iglesias también?—murmuró Angel con el tono con que decía sus oraciones al acostarse.
—También.
—¿Y la Virgen? ¿Mamá del cielo?