Ni toda la ciencia del gran Confucio y de Lao-Seu, el filósofo de las blancas cejas, alcanzaría á explicar la secreta razón del enamoramiento y del sufrimiento de la Emperatriz. Así como se habían reclinado en los cojines de seda de su gabinete los esculturales hijos de Corea ó Kaolín (la tierra cuyo barro sirvió al Espíritu para modelar al primer hombre), los indianos del Himalaya, de negros ojos de gacela y dorada piel; los siberianos, de azules pupilas, y los montañeses Kirguizos, de arrogante apostura, nada más fácil para la celeste Emperatriz que prender al joven bonzo Hoay y encerrarle allí, entre jardines de arbustos enanos en flor, que convidan á la molicie. Mas no era eso lo que Vu deseaba. Había visto al bonzo en ocasión de hallarse ella pescando en un estanquito peces de colores. Al tirar de la cuerda y sacar un plateado ciprino de aletas de carmín, el budista, que pasaba con los ojos bajos, había alzado la voz, exclamando severamente: «Mujer, ¿por qué haces daño á los seres vivos é inofensivos? Si quieres saciar tu crueldad, clávame el anzuelo á mí.» Y desde aquel instante, Vu veía siempre el grave rostro, la mirada intensa, de fuego, la figura penitente del bonzo Hoay; y en memoria suya, á ningún sér viviente se hacía mal en el inmenso palacio. Vu comía frutas confitadas, legumbres cocidas, y las aves anidaban pacíficamente en el imbricado reborde de los pabellones de recreo.
Un día, ya desesperada, sintiendo que la tristeza la consumía hasta la médula de los huesos, Vu se hizo conducir al monasterio donde habitaba el bonzo, y arrojándose á sus pies, sin orgullo ni alarde de poderío, le explicó su mal y le pidió el remedio. «Yo sanaré si tú me guías; yo sanaré si tú estás á mi lado.» Hoay levantó del suelo á la Emperatriz celeste, y con palabras fraternales la calmó: «Empieza—la dijo—por elevar un templo á la Luz y otro al Cielo..., y después llámame.» Vu erigió dos templos altísimos, que agotaron su tesoro; terminadas las obras, avisó al bonzo, el cual acudió, y, armado de una antorcha, incendió los maravillosos edificios. No quedó de ellos más que ceniza. Después dijo á la consternada Emperatriz: «Ahora, mujer, eleva un templo más alto, más alto, dentro de ti, en tu corazón, al Cielo y á la Luz... y cuando esté erigido vuélveme á llamar.» Vu ignoraba cómo arreglárselas para elevar un templo dentro de su corazón; no obstante, por instinto del querer—instinto infalible,—adoptó vida distinta de la anterior: abrió las prisiones, prohibió los suplicios, rebajó los impuestos, oyó las quejas justas, dió premios á la piedad filial, amparó la agricultura, y en su palacio estableció tal moralidad, que podrían ser de vidrio las paredes. El bonzo, satisfecho, venía á visitarla todas las tardes, y cogidos de las manos, apaciblemente, conversaban sobre las cuatro virtudes sublimes y la liberación de la bienaventuranza final. Vu era dichosa como en su vida lo había sido.
Sin embargo, los veteranos generales, los eunucos directores de las fiestas, los panzudos mandarines y hasta los literatos, envidiosos de la privanza de Hoay, al ver que ya no se ordenaban suplicios, conspiraron. Y Vu, aquella Emperatriz que (según el dicho del historiador Padre Amiot) emprendió y ejecutó impunemente las cosas más extraordinarias y más opuestas al criterio y costumbres de la China, fue sorprendida en su pabellón y secretamente estrangulada, en castigo de haber concebido un amor diferente de otros amores, y de haber, á impulsos de ese extraño sentimiento, elevado en su corazón un templo muy alto al Cielo y á la Luz.
EL MILAGRO DE LA DIOSA DURGA
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La historia religiosa y la civil y militar se encuentran tan íntimamente enlazadas en los pueblos antiguos de la India, que ni la crítica intenta separarlas; los textos históricos se hallan en los libros sagrados; las mismas epopeyas tienen carácter teológico, y obra son de bramanes ó sacerdotes. En una epopeya de las más difusas encuentro el relato del hecho sobrenatural que vais á leer, si lo leéis, y á meditar, si gustáis. De mí sé decir que me dejó buen rato pensativa.
La ciudad y estados de Kapala, florecientes bajo los reyes de la casa de Dapatamali, decayeron poco á poco de su antiguo esplendor, y en plazo relativamente corto vinieron á ser invadidos y sometidos por sus constantes enemigos los de Kamurti. Tributos onerosos, vejámenes intolerables, humillaciones continuas, las leyes y las instituciones, el comercio y la agricultura de Kapala sometidos á la fiscalización y á la avidez codiciosa del enemigo, todo esto tuvieron los kapaleños que sufrir y llevarlo en paciencia, pues al soberbio vencedor le parecía harto haberles dejado la vida salva. Es verdad que cuando aconteció á Kapala tal desventura, ya estaba muy abatida y desbaratada por culpa de la mala administración, rapacidad y desmanes de los exactores, y de infinitos vicios que se habían ido arraigando en su constitución y enfermándola, hasta producir una atonía que hizo á los kapaleños indiferentes á su propio decaimiento y vergüenza.
Como si todas las manifestaciones del espíritu se agotasen á la vez en Kapala, cayó también en olvido la religión, y quedó abandonado el maravilloso templo de la diosa Durga, emplazado al pie de la montaña de Sindoro, que es el Olimpo javanés, residencia favorita de los inmortales. Y se necesitaba que Kapala hubiese descendido tanto para que yaciese desierta la sacra montaña, poblada de arbustos en flor, regada por ríos y manantiales de deleitosa frescura, en cuyos remansos abrían los lotos azules, blancos y rosados, sus redondas y geométricas corolas; la montaña poblada de lindas apsaras (las ninfas de la mitología indostánica) y de aves canoras y dulces, cuyos gorjeos hacen insensible el transcurso de las horas, de los años y hasta de los siglos.—En la vertiente de la montaña alzábase la mole del templo de Durga, cuyas imponentes ruinas son aún hoy asombro de arqueólogos y viajeros. Salvada la puerta, lo primero que se divisa es la efigie colosal de la diosa, de aspecto venerando. Bajos los ojos como en misterioso éxtasis, y cubierta la cabeza por la alta mitra, en cuyo centro refulge enorme esmeralda; apoyados los pies en el lomo del toro Nandi, Durga tiende sus ocho brazos, y en cada uno de ellos lleva un atributo de sus enseñanzas y doctrinas. El primero empuña la cola de un búfalo, emblema de la agricultura; el segundo una espada, que significa el heroísmo; el tercero el vaso sagrado, símbolo de la religión; el cuarto la maza, representación del vigor y la fuerza; el quinto la luna, imagen de la sabiduría; el sexto el escudo, que aconseja prudencia y ánimos para defenderse; el séptimo el estandarte, que es la ley, y finalmente, el octavo agarra, con brío y violencia los cabellos del muñeco Maikasur, personificación del vicio, ordenando así la diosa que no se omita el castigo de los culpables, tan necesario para ejemplo y escarmiento en las bien ordenadas repúblicas. Dentro no faltaban otras efigies de Durga, y se adoraban las de Siva y Ganesa.—Pena infundía ver el magnífico templo sin sacerdotes ni acólitos, vacío y mudo, invadido por las plantas parásitas que se agarran á la piedra y consuman su destrucción.
Aparte de las aves y de los reptiles, no quedaba dentro del santuario de Durga más sér viviente que un anciano solitario. Es verdad que valía por cien bramanes: la austeridad increíble de sus mortificaciones, que le habían desecado el cuerpo y consumido y destuetanado hasta los huesos, le tenían hecho una momia, pero tan comunicado con la esfera superior de Brama, que cuantas veces hincaba en el suelo su báculo, el seco tronco brotaba rama y flor, y que, sin sentirlo, á ratos se elevaba de tierra siete codos el penitente, con otros prodigios que despacio refiere la epopeya. La fama del santísimo Majamí, tal era su nombre, empezó á divulgarse, y llegando á oídos de tres kapaleños que no podían resignarse al triste estado presente de su nación, resolvieron peregrinar al santuario de Durga y pedir á Majamí consejo y á la diosa intervención eficaz.
Pertenecían estos tres últimos kapaleños patriotas á la casta de los chatrias ó guerreros, que forma, después de los bramanes ó sacerdotes, la primer aristocracia de la India. Bien montados y llevando ofrendas para la deidad, se encaminaron á Sindoro al rayar la mañana, y salvando la odorífera selva y los lagos deliciosos, no tardaron en avistar las galerías de arcadas y las innumerables cupulillas del vasto templo. Pasaron, sobrecogidos de religioso pavor, bajo la enorme puerta de entrada, en cuyas jambas hacen la guardia dos colosos armados de sendas porras; y dentro del patio, al pie de la estatua de la diosa, cruzado de piernas y mirándose al sitio en que debía estar el vientre,—la posición en que suelen representar á los Budas,—calcinándose bajo un sol de fuego, hecho un pedazo de yesca ó un tronco que abrasó el estío, vieron al santo Majamí, tan quieto, que un pájaro se había posado en su cráneo y sólo voló al ver aparecer á los tres chatrias.