—Grande y venerable asceta—dijo el que llevaba la palabra,—hemos venido á turbar tu quietud y á interrumpir las místicas meditaciones que te ponen en contacto con las esferas divinas, para rogarte que te acuerdes del daño, desastre y acabamiento de nuestras comarcas y reino de Kapala, y ejercites el formidable poderío que te otorga tu santidad para obtener de la diosa Durga, en otro tiempo tan propicia á los kapaleños, que nos restaure. Únicamente Durga puede hacer un milagro que nos saque del abismo. Concentra tu voluntad, y obtén de la diosa el favor que solicitamos.

Permanecía Majamí como si fuese labrado en piedra. Los chatrias, respetando su inmovilidad, se prosternaron y adoraron á Durga, admirando los atributos de sus ocho brazos y la esmeralda que en su mitra resplandecía como una esperanza dulce. Entonces, con imponente lentitud, los blancos ojos del solitario giraron en sus órbitas; su boca quemada y negruzca se abrió solemnemente; su esternón, en que se contaban las costillas apenas sujetas por la piel, jadeó para recobrar el ritmo de la respiración olvidada; y al fin, con voz discorde y cavernosa, como el chirrido de una puerta de oxidados goznes, murmuró gravemente:

—Contemplad ¡oh chatrias! los atributos de la diosa. ¡Ellos os dirán cómo se hacen los milagros!

No les contentó la respuesta, é insistieron. El gran Majamí podía solicitar de Durga milagrosa intervención: ¡el poder de la diosa era tan infinito! Entonces el penitente, levantándose con trabajo, y renqueando y vacilando sobre sus canillas huesosas, registró bajo el zócalo de la estatua y sacó un pez muerto, ó mejor dicho, un pez seco ya, de tonos metálicos, momificado como el propio Majamí—un pez que parecía de estaño y cobre,—y se lo tendió á los chatrias, que no pudiendo comprender el sentido de tan raro presente, sin replicar lo tomaron.

—Durga os manda alimentaros de ese pez,—declaró Majamí.—Al sestear en la montaña lo asaréis... y el pez os dirá cómo se hacen los milagros.

Asaz mohínos se despidieron los tres kapaleños patriotas, comentando el regalo del pez y conviniendo en que Durga, airada ó indiferente, no quería socorrer á Kapala. Con todo, á la primer parada bajo un grupo de limoneros y tamarindos, dócilmente encendieron una hoguera y arrimaron á la brasa el pez. Y, al caer sobre las ascuas, el pez empezó á hincharse, á esponjarse; sus metálicas escamas se hicieron flexibles; al cabo de pocos instantes, sus aletas se abrieron, se coloreó de rojo su abierta boca, palpitaron sus branquias, y ¡oh prodigio de Durga! el pez, de un brinco, saltó de la llama á la hierba, fresco, vivo, coleando.

—Durga nos manda imitar á ese pez—exclamó el primer chatria.—He comprendido, hermanos míos. ¡Resucitemos!

ENTRE RAZAS

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Al admirar la colección de objetos de arte de mi amigo el conde de Boltaña, me llamó la atención uno que no descollaba por su mérito, pero que decía á mi alma cosas muy expresivas. Era la efigie—de talla, con ropaje dorado y estofado—de San Benito de Palermo. La negra faz del Santo, su testa de cabellera lanuda, se destacaban con singular energía sobre las ricas vestiduras sacerdotales. Notando el interés con que yo miraba la estatuilla, me advirtió el conde: