Obedeció Higinio prontamente, y puso en movimiento numerosa cohorte, á fin de descubrir á la misteriosa beldad:—por tal la tenía.—Bien escondida estaba Zenana, pero al fin se averiguó su refugio, é Higinio, antes de llevarla á la presencia de Alejandro, la enteró de cómo el rey, prendado de su voz, se moría por ella. La joven persa, al saber esto, murmuró dulcemente, con su voz melodiosa, que la emoción timbraba:

—Gloria es para mí haber causado tal impresión en el gran rey; pero la placa de plata bruñida en que contemplo mi rostro después del baño y el tocado, me dice que no soy bella; Alejandro, al verme, perderá las ilusiones. Temo su indignación, y temo ante todo que recaiga su cólera sobre mi padre. ¿Por qué no le haces creer á Alejandro que estoy obligada por un voto á los dioses á presentarme cubierta la cara con un velo? Yo no he visto á Alejandro; él no me verá... y así tal vez consiga evitar su enojo.

Pareció á Higinio tan excelente el ardid de la discreta Zenana, que estuvo conforme, y la misma noche la condujo á los jardines del gineceo de Alejandro. Embriagado éste con la divina voz de la joven persa, se resignó á la condición del velo, y hasta encontró en ella un misterio picante y un singular hechizo. Le parecía que aquel amor velado y despojado del vulgar incentivo de unas facciones más ó menos lindas, era algo delicado y original, que no había gustado nunca. El casto imán de aquel velo triunfó de las desnudeces y la licencia impúdica de las otras damas persas, obstinadas en requerir al héroe. «Habla y no te descubras», murmuraba tiernamente Alejandro, sentado cerca de una fuente donde la luna fingía en el agua de los surtidores continuo desgrane de perlas; y las rosas del Gulistán, que después se llamaron de Alejandría, dejaban caer sobre las cabezas de los amantes perfumados pétalos.—Fue el amor de Zenana el más largo é intenso de cuantos disfrutó Alejandro en su corta vida.

LA GOTA DE CERA

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Aunque los historiadores apenas le nombran, Higinio fue de los más íntimos amigos de Alejandro Magno. No se menciona á Higinio, tal vez porque no tuvo la trágica suerte de Filotas, de Parmenion, y de aquel Clitos á quien Alejandro amaba entrañablemente, y á quien así y todo, en una orgía, atravesó de parte á parte; y sin embargo—si no mienten documentos descubiertos por el erudito Julius Tiefenlehrer—Higinio gozó de tanta privanza con el conquistador de Persia, como demostrarán los hechos que voy á referir, apoyándome, por supuesto, en la respetabilísima autoridad del sabio alemán antes citado.

Compañero de infancia de Alejandro, Higinio se crió con el héroe. Juntos jugaron y se bañaron en Pela, en los estanques del jardín de Olimpias, y juntos oyeron las lecciones de Aristóteles. La leche y la miel de la sabiduría la gustaron, así puede decirse, en un mismo plato; y en un mismo cáliz libaron el néctar del amor, cuando deshojaron la primer guirnalda de rosas y mirto en Corinto, en casa de la gentil hétera Ismeria. Grabó su afecto con sello más hondo el batirse juntos en la memorable jornada de Queronea, en la cual quedó toda Grecia por Filipo, padre de Alejandro. Los dos amigos, que frisaban en los diez y nueve años entonces, mandaron el ala izquierda del ejército, y destruyeron por completo la famosa legión sagrada de los tebanos. La noche que siguió á tan magnífica victoria, Higinio pudo haber conseguido el generalato; Alejandro se lo brindaba, con hartos elogios á su valor. Pero Higinio, cubierto aún de sangre, sudor y polvo, respondió dulcemente á los ofrecimientos de su amigo y príncipe:

—No acepto el generalato, porque habiéndome portado bien hoy, tal recompensa y tan alta dignidad me obligarían en conciencia á portarme todavía mejor en otras ocasiones que sobreviniesen, y no puedo comprometerme á amanecer cada día con más valor y más fortuna. Además, de las enseñanzas de nuestro maestro Aristóteles saco yo en limpio que el hombre, habitualmente, debe vivir en paz y no en guerra. Queda demostrado que no soy ningún medroso. El que ha combatido á tu lado en Queronea, ya tiene derecho á plantar un laurel en el sagrado bosque de Marte. Déjame de batallas y dame otro puesto cerca de ti, Alejandro, porque te quiero bien y te serviré fielmente.