Alejandro, cuya sangre hervía pidiendo luchas y glorias, se conformó mal de su grado á los deseos de Higinio, y le nombró su gran copero. Era cargo en extremo descansado y de alta confianza, pues sus funciones consistían en custodiar y servir la copa de oro reservada al príncipe, á fin de que nadie pudiese depositar en ella ponzoña. El oficio de Higinio le permitía vivir en constante comunicación con Alejandro, y cuando éste subió al trono, sucediendo á su padre, asesinado por Pausanias, los cortesanos auguraron á Higinio brillante carrera. Poco tardaron en verse desmentidos tales pronósticos: Higinio continuó presentando, recogiendo y custodiando la ya regia copa, sin mezclarse en intrigas ni aspirar á otras grandezas.
Mientras tanto, Alejandro asombraba al universo con sus campañas y triunfos, y ofrecía á Grecia, en compensación de la perdida libertad, páginas de luz para la historia.
Conteniendo á los bárbaros y sojuzgando el inmenso imperio del Asia, bien pronto se vió dueño del mundo Alejandro. Cuando, después de dejar trazado el emplazamiento de Alejandría, y de entrar vencedor en Babilonia y Ecbtana, el hijo de Filipo se declaró hijo de Júpiter y decretó su propia apoteosis, Higinio—que hacía mucho tiempo no departía con su rey, limitándose á servirle la copa en silencio—fue despertado á las altas horas de la noche de orden de Alejandro, que le llamaba á su cabecera. La recién hecha deidad no podía dormir, y reclamaba cuidados y consuelos...
—Señor—dijo Higinio,—celebro poder hablarte sin testigos, como antaño. Justamente deseaba rogarte que me consientas dejar tu servicio y retirarme á mi casita del Atica, donde poseo olivos y colmenas.
—¡Bonita ocasión escoges para abandonarme!—exclamó furioso Alejandro.—¡Por el intento merecerías que te mandase crucificar! ¿Deseas riquezas? Pide cuanto se te antoje... ¿Pero marcharte? Ni lo sueñes, ¿Y de dónde nace esa manía?
—Ya que lo preguntas—contestó Higinio,—lo vas á saber. Yo fuí amigo y servidor de un hombre, pero ahora parece que ese hombre se ha vuelto Dios. No tengo vocación al sacerdocio. Desde que has ascendido á hijo de Júpiter Hamnon, hermano de Apolo, me inspiras temor y frialdad. El Alejandro que yo amaba no existe. Ha ascendido al Olimpo. Él es inmortal, yo mortal. No nos entendemos. Por otra parte, la idea que me he formado de un Dios, según la sublime doctrina de Aristóteles...
—¡Dale con Aristóteles!—interrumpió el conquistador.—¡Como le atrape, á ese sí que le crucifico! ¡Y alto, para que todos le vean!
—Crucifica, pero escucha. Prescindamos de Aristóteles y supongamos que, en efecto, eres Dios. Pues si eres Dios, yo no puedo cometer sacrilegio; yo no puedo seguir envenenándote.
—¿Envenenarme tú?—gritó Alejandro incorporándose convulso sobre su lecho de marfil incrustado de oro.—¡Ahora comprendo por qué un fuego constante abrasa mis venas; ahora comprendo por qué no descanso sino en horrible modorra; ahora me explico las visiones y las pesadillas que de noche me asaltan y empapan mis sienes en sudor frío! ¡Envenenarme tú!—Y con súbito acceso de ternura suspiró.—¿Y por qué quieres mi muerte, tú, mi amigo de la niñez, mi hermano de armas en Queronea?
Higinio, conmovido, se arrojó á los pies de Alejandro, y éste abrió los brazos; los dos amigos juntaron sus rostros y mezclaron sus cabelleras, y el copero declaró en tono muy diverso del de antes: