—Señor, dulce amado mío, si te enveneno, es contra mi voluntad y por orden tuya... Esas visiones, esas torturas de que te quejas, proceden de la doble embriaguez en que vives: estás ebrio de poder y de vino añejo... Antes sólo me pedías la copa dos ó tres veces en cada comida; desde que el Asia te ha inoculado su molicie y sus vicios, me duelen las manos de tanto recoger la copa vacía y extendértela colmada... Tu alma se ha turbado, la demencia te ronda, te habitúas á la crueldad, hieres á tus leales y morirás joven, sin que nadie necesite pegarte una puñalada como á tu padre. No quiero ser cómplice, y me voy.
Alejandro, pensativo, seguía estrechando el cuello y la cabeza de su amigo contra el pecho.
—Tienes razón, amado—murmuró al fin con sinceridad generosa.—Pero el hábito de beber se ha arraigado en mí, y si no bebo, me caigo á pedazos. ¿Qué haré? Aconséjame.
—No puedo—declaró Higinio—curarte la borrachera del poder, pero trataré de salvarte de la otra sin que te prives de tu gusto. Fíate en mí y verás.
En efecto, los días que siguieron á esta conversación, Alejandro continuó bebiendo copas tan rebosantes y tantas en número como siempre. No obstante, poco á poco, notó con placer gran mejoría. Gradualmente se despejaba su cabeza, se tranquilizaban sus nervios, volvía á sus miembros el vigor y la alegría á su espíritu. Vastos planes maduraban en su cerebro, sobrehumanas empresas bullían en su imaginación heroica. Pasmado y enajenado preguntó á Higinio el secreto, sin que éste se prestase á revelarlo. Pero un cierto Arsotas, juglar persa, adulador y afeminado, que divertía mucho al rey, le dió la clave del enigma.
—Tu gran copero ¡oh divino Alejandro! echa cada día una gota de cera en el fondo de tu copa. Así, insensiblemente, reduce su cabida y acorta tus libaciones. Bebes cada día una gota menos. ¡El osado Higinio se atreve á engañar á su soberano y á cercenar sus deleites!
Quedó Alejandro sorprendido: después su sorpresa se convirtió en enojo. ¡Tratarle como á un chiquillo! ¡Embaucarle con un artificio así! ¡Ah! No lo consentiría. ¿Qué se figuraba Higinio? Y una mañana mandó registrar y limpiar la copa, y á la tarde estableció sus famosos certámenes de intemperancia, apostando á beber con los más pellejos de su ejército. Higinio entonces desapareció: probablemente se retiraría al Atica. En cuanto á Alejandro, nadie ignora la ocasión y modo de su muerte: después de vaciar, con alarde jactancioso, no su propia copa, sino la enorme llamada de Hércules, cayó redondo dando un grito. La fiebre que allí mismo se apoderó de él, le arrebató del mundo á los treinta y dos años de edad, en la plenitud de la vida y de la gloria.