—¿Y mi hijo? ¿Y Absalón, mi hijo, mi heredero, el príncipe real?
No hubo respuesta. Otro emisario llegaba jadeante, loco de júbilo. «El Señor ha confundido á los que te querían dañar. Veinte mil quedan en el campo de batalla, consumidos por la espada, sirviendo de pasto á los buitres, Y Absalón, suspenso entre el cielo y la tierra, colgado de las ramas de un terebinto, ha recibido en el pecho muchos dardos. Dicha tuya ha sido ¡oh rey! que los hermosos cabellos del príncipe, todos impregnados de esencia, se enredaran en las ramas y le detuviesen en su precipitada fuga. A no ser por los negros bucles, que caían como maduros racimos de vid á lo largo de la espalda... tu enemigo se hubiese salvado; tan ligera iba su mula...»
Y el emisario calló, porque el rey acababa de desplomarse en tierra arañándose el rostro, arrancándose el pelo y sollozando: ¡Hijo, hijo mío!
AL BUEN CALLAR...
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No tenían más hijo que aquél los duques de Toledo, pero era un niño como unas flores; sano, apuesto, intrépido, y, en la edad tierna, de condición tan angelical y noble, que le amaban sus servidores punto menos que sus padres. Traíale su madre vestido de terciopelo que guarnecían encajes de Holanda, luciendo guantes de olorosa gamuza y brincos y joyeles de pedrería en el cintillo del birrete; y al mirarle pasar por la calle, bizarro y galán cual un caballero en miniatura, las mujeres le echaban besos con la punta de los dedos, las vejezuelas reían guiñando el ojo para significar «¡Quién te verá á los veinte!», y los graves beneficiados y los frailes austeros, sacando la cabeza de la capucha y las manos de las mangas, le enviaban al paso una bendición.
Sin embargo, el duque de Toledo, aunque muy orgulloso de su vástago, observaba con inquietud creciente una mala cualidad que tenía, y que según avanzaba en edad el niño don Sancho iba en aumento. Consistía el defecto en una especie de manía tenacísima de cantar la verdad á troche y moche, viniese á cuento ó no viniese, en cualquier asunto y delante de cualquier persona. Cortesano viejo ya el duque de Toledo, ducho en saber que en la corte todo es disfraz, adivinaba con terror que su hijo, por más alentado, generoso, listo y agudo que se mostrase, jamás obtendría el alto puesto que le era debido en el mundo, si no corregía tan funesta propensión. «Reñida está la discreción con la verdad: como que la verdad es á menudo la indiscreción misma», advertía á su hijo el duque. «Por la boca solemos morir como los simples peces, y no es muerte propia de hombre avisado, sino de animal bruto, frío y torpe», solía añadir. Corríase y afligíase el rapaz de tales reprensiones y advertencias, y persuadido de que erraba al ser tan sincero, proponía en su corazón enmendarse; pero su natural no lo consentía: una fuerza extraña le traía la verdad á los labios, no dándole punto de reposo hasta que la soltaba por fin, con gran aflicción del duque, que se mataba en repetir: «Hijo Sancho, mira que lo que haces... La verdad es un veneno de los más activos; pero en vez de tomarse por la boca, sale de ella. Esparcido en el aire, es cuando mata. Si tan atractiva te parece la fatal verdad, guárdala en ti y para ti; no la repartas con nadie, y á nadie envenenarás.»
Acaeció, pues, que frisando en los trece años y siendo cada vez más lindo, dispuesto y gentil el hijo de los duques de Toledo, un día que la reina salió á oir misa de parida á la catedral, hubo de verle al paso, y prendada de su apostura y de la buena gracia con que la hizo una reverencia profundísima, quiso informarse de quién era, y apenas lo supo, llamó al duque y con grandes instancias le pidió á D. Sancho para paje de su real persona. Más aterrado que lisonjeado, participó el duque á su hijo el honor que les dispensaba la reina. «Aquí de mis recelos, aquí del peligro, Sancho... Tu funesto achaque de veracidad ahora es cuando va á perderte y perdernos. Si la reserva y el arte de bien callar son siempre provechosos, en la cámara de los reyes son indispensables, te lo juro.» «Antes pienso, padre—replicó el precoz D. Sancho,—que al lado de los reyes, por ser ellos figura é imagen de Dios, alentará la verdad misma. No cabrá en ellos mentira ni acción que deba ser oculta ó reservada.» Confuso y perplejo dejó la respuesta al duque, pues le escarabajeaban en la memoria ciertas murmuraciones cortesanas referentes á liviandades y amoríos regios; pero tomando aliento, «No, hijo—exclamó por fin,—no es así como tú supones... Cuando seas mayor y tu razón madure, entenderás estos enigmas. Por ahora sólo te diré que si vas á la corte resuelto á decir verdades, mejor será que tomes ya mi cabeza y se la entregues al verdugo.» Cabizbajo y melancólico se quedó algún tiempo D. Sancho, hasta que, como el que promete, extendió la mano con extraña gravedad, impropia de su juventud. «Yo sé el remedio—afirmó.—Mentir me es imposible, pero no así guardar silencio. Haced, vos, padre, correr la voz de que un accidente me ha privado del habla, y yo os prometo, por dispensaros favor, ser mudo hasta el último día de mi vida si es preciso.»