Pareció bien el arbitrio al duque y divulgó lo de la mudez; siendo lo notable del caso que la reina, sabedora de que el bello rapaz era mudo, mostró alegría suma y mayor empeño en tenerle á su servicio y órdenes. En efecto, desde aquel día asistió D. Sancho como paje en la cámara de la reina, sellados los labios por el candado de la voluntad, viendo y oyendo todo cuanto ocurría, pero sin medios de propalarlo. Poco á poco la reina iba cobrándole extremado cariño. Sancho se pasaba las horas muertas echado en cojines de terciopelo al pie del sillón de su ama y recostando la cabeza en sus faldas, mientras ella con la fina mano cargada de sortijas le acariciaba maternalmente los obscuros y sedosos bucles.—Las primeras veces que don Sancho fue encargado de abrir la puerta secreta á cierto magnate, y le vió penetrar furtivamente y á deshora en el camarín, y á la reina echarle al cuello los brazos, el pajecillo se dolió, se indignó, y, á poder soltar la lengua, Dios sabe la tragedia que en el palacio se arma. Por fortuna, Sancho era mudo; oía, eso sí, y las pláticas de los dos enamorados le pusieron al corriente de cosas harto graves, de secretos de Estado y familia; entre otros, de que el rey, á su vez, salía todas las noches con maravilloso recato á visitar á cierta judía muy hermosa, por quien olvidaba sus obligaciones de esposo y de monarca, y merced á cuyo influjo protegía desmedidamente á los hebreos, con perjuicio de sus reinos y mengua de sus tesoros. Envuelta en el misterio esta intriga, no la sabían más que el magnate y la reina; y D. Sancho, trasladando su indignación del delito de la mujer al del marido, celebró nuevamente no haber tenido voz, porque así no se veía en riesgo de revelar verdad tan infame. Pasado algún tiempo, la confianza con que se hablaba delante del mudo pajecillo instruyó á éste de varias maldades gordas que se tramaban en la corte: supo cómo el privado, disimuladamente, hacía mangas y capirotes de la hacienda pública, y cómo el tío del rey conspiraba para destronarle, con otras infinitas tunantadas y bellaquerías que á cada momento soliviantaban y encrespaban la cólera y la virtuosa impaciencia de D. Sancho, poniendo á prueba su constancia, en el mutismo absoluto á que se había comprometido.
Sucedía entretanto que le amaban todos mucho, porque aquel lindo paje silencioso, tan hidalgo y tan obediente, jamás había causado daño alguno á nadie. No hay para qué decir si le favorecerían las damas, viéndole tan gentil y estando ciertas de su discreción; y desde el rey hasta el último criado, todos le deseaban bienes. Tanto aumentó su crédito y favor, que al cumplir los veinte años y tener que dejar su oficio de paje por el noble empleo de las armas, colmáronle de mercedes á porfía el rey, la reina, el privado y el infante, acrecentando los honores y preeminencias de su casa y haciéndole donación de alcaidías, fortalezas, villas y castillos. Y cuando, húmedas las mejillas del beso empapado de lágrimas con que le despidió la reina, que le quería como á otro hijo; oprimido el cuello con el peso de la cadena de oro que acababa de ceñirle el rey, salió D. Sancho del alcázar y cabalgó en el fogoso andaluz de que el infante le había hecho presente; al ver cuántos males había evitado y cuántas prosperidades había traído su extraña determinación, tentóse la lengua con los dientes, y, meditabundo, dijo para sí (pues para los demás estaba bien determinado á no decir oste ni moste): «A la primer palabra que sueltes al aire, lengua mía, con estos dientes ó con mi puñal te corto y te echo á los canes.»
Hay eruditos que sostienen la opinión de que de esta historia procede la frase vulgar, sin otra explicación plausible: Al buen callar llaman Sancho.
FAUSTO Y DAFROSA[2]
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La aguardaba en el embarcadero á boca de noche, y cuando divisó á lo lejos la barca, que avanzaba al empuje de los brazos fuertes de los remeros, abriendo estela de luz verdosa en el mar fosforescente, al corazón de Fausto se agolpó la sangre, y sus ojos se nublaron.
Venía, ó mejor dicho, la traían, se la entregaban; en su poder iba á estar aquélla por quien tantas veces había pasado la noche en vela, febril, paladeando acíbar, desesperando y mordiéndose los puños de rabia, ó esperando insensatamente.
¿Insensatamente? Criminalmente se diría mejor. Por aquella que se reclinaba en la proa, envuelta en blancos velos, en actitud pensativa, Fausto había descendido á la delación y al espionaje como un liberto, echando negra mancha sobre el decoro de su estirpe consular. Por ella había deslizado en los oídos del Emperador Apóstata el consejo fatal al ex-prefecto Flaviano, y más de una velada, á la claridad indecisa de la triple lámpara cubicularia, las sombras del cortinaje dibujaron ante los ojos espantados de Fausto la pálida figura de un varón ilustre marcado en la frente con el hierro que estigmatiza á los facinerosos... Pero en aquel instante el musical chapaleteo de los remos ahuyentaba remordimientos y angustias, y de lo profundo de las aguas la voz de las sirenas de la felicidad subía como un himno...
Descendió Fausto al muelle con precipitación, y cogiendo de manos de los esclavos el taburete de cedro, lo presentó al pie de Dafrosa, que prontamente, sin hacer hincapié, saltó á las puntiagudas piedras. A la salutación, al ¡Ave! que en temblorosa voz articuló Fausto, respondió ella con una sonrisa triste. Y echaron á andar hacia la villa, sin que Fausto se atreviese á ofrecer el antebrazo para que Dafrosa se apoyase. Un poco de sobrealiento de la matrona indicaba, sin embargo, que no hubiese sido supérfluo el auxilio.
En la terraza de la villa, alumbrada por antorchas fijas en la pared, estaba dispuesto un refresco de bienvenida; leche, frutas, pan de flor, peces cocidos—los sencillos manjares de que gusta una cristiana.—Se lo hizo observar Fausto á Dafrosa, la cual, rompiendo uno de los panes, lo llevó á los labios, no sin hacer antes la señal de la cruz. Quedáronse solos Fausto y la tan deseada. Parpadeaban las estrellas en el firmamento turquí, y el aire columpiaba bocanadas de esencia de rosas purpúreas—unas rosas que el mismo emperador Juliano había traído de Alejandría para adornar con festones de ellas el ara de la Afrodita, porque se atribuían á su aroma virtudes como de filtro para enajenar el corazón.