A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo pasable, vulgar, al cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo enmedio, el consommé frío, los huevos á la Morny, los epigramas de cordero, el valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño. Hasta beber á sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el Caruncho de primera, no se decide á entablar la plática.
—Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera. Haré por despachar pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de saber que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que también dió su vueltecita por Segovia...
Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso sobre el tapete, apretó el cerco, descubriendo ya sus baterías.
—Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de entendimiento nada común. Se te puede hablar como á otra no... Estás en grave peligro. Tu tío quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de Jerónimo Mascareñas, ni cosa que lo valga; que hubo superchería, y que el verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina Mascareñas, viuda de Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo, porque no quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya ves si Carranza está bien enterado—se enorgulleció golpeando sus pectorales anchos, la curva majestuosa de su estómago.—Como que el gitano del Sr. de Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en mí un aliado. Pero á mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras. A un riojano neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he propuesto estropearle la combinación y sacarte del berengenal, sin que salga á luz nada de lo que... de lo que no debe salir. Conque, anímate, no te me pongas mala... y ríete de pindorós, como les dicen á tales gitanazos.
—Carranza, mil gracias. Me parece que es usted sincero... en esta ocasión.
—Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes, dice el Apóstol: hubo una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora, juego tendido. Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo, salvándote, no te negaré que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que á nadie perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad?
—No por cierto. Sepa yo como me salvará usted.
—De un modo grato. Te propongo un novio.
—¡Llega usted en buen momento! Me repugna hasta el nombre; la idea me haría volver á enfermar.
—Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror al convento?