—Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho de viajar á ese señor.

Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su cara más alargada y preocupada que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le mina el espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de ser tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se han desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa, con otros goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me asegura, á mí que ya traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos el jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal...

Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío de Castilla. Me dedico á planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor sordo de los veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires, otros horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No podía yo conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas enrolladas hasta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la compañía de mis amigos: Carranza se había ido de vacaciones á su tierra, la Rioja, donde posee viñas, y Polilla á la sierra, á casa de una cuñada suya, á cuyos hijos daba lecciones... Y cuando estoy enfrascada en rememorar mis tedios antiguos y mis glorias nuevas, el criado, con un recadito:

—Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la señorita está ocupada, aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con la señorita.

—Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete.

De bata, de moño flojo, con fueros de convaleciente, salgo y estrecho la mano gruesa, recia de músculos, á pesar de la adiposidad, del canónigo. No acertaría á explicar por qué me siento enteramente reconciliada con él.

—Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes.

—Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo importante que decir. Son las doce y media y no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después... ¿Podremos charlar sin testigos?

—¡Ya lo creo!—exclamó afirmando mi independencia.

Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la cocina: ¡esmerarse tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no prueba sino leche, caldos y gallina cocida!