—Suba la señora...
La portezuela estaba blasonada, el interior forrado de epinglé blanco, y olía á cuero de Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un cochero particular que se busca sobresueldo! Un simón me sería insufrible, hediondo...
En casa, me bañé, me recogí... La frescura de las sábanas me desveló. El ventilador eléctrico, desde el techo, me enviaba ondas de aire regaladamente frío. Mi calentura aumentaba. Después he comparado mi estado físico al de una persona que asiste por primera vez á una corrida de toros. Toda la noche estuve volviendo á ver los grabados, y abochornándome de haber nacido. ¡He aquí lo que sugerían los árboles viejos de la Alhambra, el romanticismo del agua secular en que se disolvieron lágrimas de sultanas transidas de amores, la gentileza de los zegríes, el olor de los jazmines, el enervamiento de las tardes infinitas, el cántico de los surtidores y el amargor embrujado de los arrayanes!
Y dando vueltas sobre espinas, repetía:
—¡Nunca! ¡Nunca!
VI
El de Carranza.
I
Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios días. Convalezco serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que me muero; de otra, cree que el tío Clímaco ha venido resuelto á hacer una. Sólo es verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado.