—Basta. Deme usted la mano, con...

El encuentra la frase delicada y justa.

—Con el sentimiento más fraternal.

—¡Y quién podrá jamás cultivar otro!—grito, en un arranque.—Doctor, debo á usted gratitud... Permítame... que no le envíe nada por sus honorarios.

—No voy para rico, señorita; tengo mala suerte en mi profesión... ¡Pero si usted me enviase algo..., creáme que soy capaz de... no sé..., de sentir mayor vergüenza aun, de esa que á usted tanto la mortifica! ¡Y de llorar..., como usted!

—¿No aceptaría usted un retrato mío? ¿Para acordarse de una cliente tan... insólita?

—¡Siempre me acordaría!... El retrato lo espero con ansia. Y perdón, y... nada de vergüenza. ¿Puedo ofrecerla un sorbo de Málaga? Está usted tan desencajada... Acaso tenga fiebre.

—Gracias... Se me hace tarde...

Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, de la primavera madrileña. Al llegar á las calles concurridas, el gentío me hostigaba con contactos intolerables. Me codeaban. Sentí impulsos de abofetear. Corrí, huyendo de las vías céntricas. Me encontré en el paseo de la Castellana, donde empezaban á encenderse los faroles. El perfume de las acacias exasperaba mi naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de lo imprudente de pasear sola y á pie por un sitio que iba quedándose desierto, con un hilo de perlas sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, con lenta rodadura. El cochero me miraba. Comprendí.

—¿Puede usted llevarme á casa?