El vuelve á echar paletadas de tierra más fétida. Agotadas las láminas corrientes, vienen otras, y tengo que reprimir un grito... También son de colores... ¡Qué coloridos! ¡Qué bermellones, qué sienas, qué lacas verduscas, qué asfaltos mortuorios! ¡Qué flora de putrefacción! ¡Y el relieve! ¡Qué escultor de monstruosidades jugó con sus palillos á relevar la carne humana en asquerosos montículos, á recortarla en dentelladuras horrendas!
—Esto está mal—insiste Barnuevo, cerrando un album de espantos. ¡Me estoy arrepintiendo, señorita!
—¡Doctor, lo que usted siente, y yo también, no es sino la consabida vergüenza! ¡Vergüenza, y nada más! Nos avergonzamos de pertenecer á la especie. ¡A beber el cáliz de una vez! ¿Falta algo, doctor...? No omita usted nada. ¿Las anormalidades?
—¿También eso?
—También.
—¡Qué brutalidad... la mía!
—La mía, si usted quiere. Pronto, por Dios, Sr. de Barnuevo.
Y se descubre el doble fondo de la inmundicia, en que la corrupción originaria de la especie llega á las fronteras de la locura; las anomalías de museo secreto, las teratologías primitivas, hoy reflorecientes en la podredumbre y el moho de las civilizaciones viejas; los delirios infandos, las iniquidades malditas en todas las lenguas, las rituales infamias de los cultos demoniacos...
Por mis mejillas ruedan lágrimas, que me salvan de un ataque nervioso. El Doctor, conmovido, interroga:
—¿Basta?